Naturales de cante grande

Eran las dos de la mañana. España en su desvelo rezaba a golpe de tuit un salmo de Morante y oro, mientras México empezaba a perder la fe.

El cigarrero había regresado a la Monumental mexicana cinco años después con un manso que se le rajó muy pronto. Tenía peligro ‘Villa’ y abrevió el de La Puebla con buen criterio pese al enfado del respetable. Los mexicanos son apasionados, y como una amante despechada el público de la Monumental se vació desde las entrañas arremetiendo contra el torero. Pero el morantismo por definición es una declaración de amor, y con las emociones a flor de piel y el corazón en la zurda, el torero se entregó, queriendo con palabras de poeta y regresó el hijo pródigo cinco años después.

Morante conjuró a los dioses aquella tarde que también era madrugada. Detuvo el tiempo y rompió fronteras, toreando bajo el sol mexicano a la luna sevillana, a la luz de las estrellas que guarda en el oro del vestido, en la magia de sus muñecas, que acariciaron al inválido quinto como a un recién nacido, desgranando naturales como cuentas de un rosario, devolviéndoles la fe a los creyentes.

Y estalló la plaza en un éxtasis colectivo. Miles de afionados, que abarrotaban las primeras filas de la plaza más grande del mundo, ebrios de emoción se reencontraban con el Toreo, en mayúsculas, con el duende y el romero. Y se eternizó el tiempo en la muleta de Morante. Desmayado, olvidado el cuerpo del torero, que desnudaba su alma en una sinfonía de naturales que empañó cientos de miradas en el tendido; el toque sutil, el arrebato, la torería. Morante.

Antes, El Zapata había cortado una oreja con un toreo efectista ‘marca de la casa’ deleitando al público en banderillas con el Monumental, y después el joven José Mauricio, quien había realizado una buena faena a su primero, un toro encastado y con raza que le permitió realizar una buena labor, poco pudo hacer con el que cerraba plaza.