De Talavante y cárdeno

Talavante

Alejandro Talavante ya está en capilla, mirando de frente a la historia. Ciñéndose la eternidad a los miedos, entre sombras sin luz, tan a solas en esa habitación de hotel, tan en silencio.

Mirando un reloj que ya no avanza, unas manecillas que ya no corren, que ya no giran, detenidas de pura grandeza, a las siete en punto. Esperando a que suene la música del cerrojo, ese golpe que es compás; clarines y timbales en esa primera pisada abriendo camino, la cruz sobre el albero, y en la frente. Rezándole a los dioses para salir en volandas dos horas después y rozar su paraíso con las yemas.

El héroe, porque los héroes también tienen miedo cuando bailan con su destino. Y ya siente el aliento del bravo en la oscuridad de chiqueros. La incógnita entre los pitones, la gloria más allá de la gloria. El hombre, que desnuda su alma y la reviste de oro, que la ofrece sin mesura, con la verdad de la carne, de la sangre. La cruz más allá de la cruz.

Desgranando días en el calendario, desandando sueños y paseíllos, el frío del miedo empapado en sudor, la espera, a contraluz. Dispuesto a escribir la verdad, sin artificio, sometiendo con la muleta, las zapatillas clavadas, quebrando la cintura, mandando. Toreando. Venciendo al miedo, acariciando la seda, despuntando en oro en ese destello de luz en el que caben todos los colores del mundo.

Alejandro Talavante se pasará a la muerte por los muslos en ese templo donde no cabe la mentira, en el mayo venteño y el pelaje cárdeno. En San Isidro. En Madrid.

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