Sevilla, la pasión después de la Pasión

Sevilla

El invierno se despide entre marchas solemnes, cornetas y tambores y la esperanza del verde manto de las vírgenes bajo palio se convierte en metáfora que anuncia la primavera. La alegría de los palillos sustituye la reverencia de la saeta y el morado de las túnicas deja paso a los colores de los volantes.

Sevilla se quita el luto y se viste de luces y color. Las calles se engalanan y el azahar de los balcones  perfuma el aire. El arte surge entonces espontáneo en cualquier plaza o calle mientras los jinetes se lucen a caballo y las gitanas reparten romero a los pies de la Maestranza. La catedral junto a la otra catedral. La que mira a Triana y corona a príncipes, siempre destronados por un rey, esculpido en bronce, al que aún llora la Giralda en las noches de luna y ‘alumbrao’, cuando se abre desde la historia rugiendo por bulerías y eleva hasta el cielo a un hombre que se siente Dios.

Sevilla de puro y clavel, de rebujito y farolillos, yerbabuena y mantoncillos.  Del rojo y el blanco y del verde. Y más blanco. De las bombillas de colores. De la tapa de jamón y de la calle Iris. Del ir y venir de aficionados, de la alegría de bajar en Santa Justa y los reencuentros esperados.

Sevilla, incienso y pureza, la luz en puntas. Sobrenatural, más allá del albero y las zapatillas clavadas, del surco en la arena, del cante grande, cante de hondura, por alegrías. El temple en el templo, el silencio rascando en las gargantas, la sal en los ojos, los labios agrietados y el miedo sepultado bajo tanta grandeza.

Sevilla que se ofrece entera, entregada a la pasión después de la Pasión, eterna, como una media en majestad. Salmo de grandeza, letanía a media voz, el conjuro en las muñecas y el quejío de la cintura rompiéndose al compás del bravo.

Sevilla más allá del tiempo, de los siglos, del hechizo, de la magia de un lance, del trazo perfecto de la muleta que dibuja sueños en el aire, de los dedos sobre la seda, que acarician y someten, que mandan.

Sevilla, donde muere y resucita Dios, con el cielo por testigo y el valor se convierte en la llave que abre todos los cerrojos y que eleva al infinito.

Sevilla, que es la reina de abril.

*Artículo escrito para la revista mexicana Taurino Magazine
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Por Marta Girona

Quien no ha pisado nunca Sevilla, no sabe lo que se siente al bajar en Santa Justa después de varios meses. Es un nudo en la boca del estómago y una sonrisa en los labios. Es una alegría que te sale de dentro, desde las tripas, en caliente. En Sevilla te cambia el paso y desaparece la prisa. En Sevilla el tiempo se consume lento, en alguna plaza escondida o en algún tablao minúsculo, entre risas, vino y cante. Y no te enteras. Porque hasta Cronos se para en Triana, junto al río, a escuchar una soleá.

En Sevilla, el tiempo, no es tiempo, son momentos. El reencuentro con los amigos de siempre; porque es más lo que nos une, que los kilómetros que nos separan. Abrazos, besos y brindis. Una copa, y otra. Qué a esta invito yo. Perderse por Santa Cruz –literalmente- y encontrar de repente, tras una esquina, a la Giralda, reina mora. Siglos de poetas a tus pies.

Sevilla es ciudad y marisma, magia y duende. De Triana a La Puebla y del Arenal a Utrera, sueño gitano en los vuelos de un capote.

Morante en majestad. Gloria a Rafaé, maestro y mentor, amigo y confidente; días, noches y desvelos. Humo, whisky y carreteras. El peso del oro. Un paso adelante.

Y la ramita de romero. Curro. Esencia, suave caricia, cante jondo. Camarón en los cielos, y Morante en la tierra, sagrada. Albero de sueños. Recuerdos de otro paseíllo, en otro tiempo. Del tiempo que no pasa.

Porque vive en Sevilla.