Ronda, con aroma a Morante

Morante en Ronda

Septiembre arrastra sus últimos días como el viento las primeras hojas que anuncian la llegada del otoño y en mi calendario cada vez estoy más lejos de aquel sábado bendito, día siete, número mágico y místico, el número perfecto. Y no era sino perfección lo que  traía en sus alas, abrazando la historia en un viaje a las fuentes del toreo, hasta la piedra vieja de Ronda.

Han pasado dos semanas. 14 días. 14 intentos delante del ordenador, buscando las palabras cuando no hay palabras. Y estoy aquí, ofreciéndote mi silencio desde lo más hondo, sin importarme si sé o no sé, moviéndome a golpes de corazón sobre el teclado, sabiendo que sentí.

Cierro los ojos y te vuelvo a ver, cada paso, cada gesto, la sonrisa, la vuelta al ruedo  y esa mirada que compartimos. Y me vuelvo a sentir tan niña, en aquel patio de cuadrillas, ofreciéndote mi alma en aquel Cohiba. Y recuerdo tu sonrisa y tus palabras. El abrazo, preludio de tantos abrazos. De tantas tardes, de tanta magia, de tanto. Y me faltan gracias.

Y me vuelvo a quedar sin palabras, como cuando no era capaz de mirarte de frente sin temblar, sin que se me encogiera el estómago y tuviera ganas de llorar. Como aquella noche en Valencia, la primera noche. Jonathan, tu y yo. Y me siento afortunada, de tenerte, de sentirte, de saberte, tan grande, tan torero, tan nuestro. De formar parte de ese nosotros. Tu gente. Y creí entonces como creo ahora, porque Tú eres la verdad, si es que hay verdad alguna. Y lo sé sin necesidad de entenderte ni de justificarme, con la certeza que te da lo que sale de las tripas, de los poros, con la tranquilidad de saber que el corazón no se equivoca.

Te vi llegar en coche de caballos por la calle Jerez, de azul noche y azabache, fundiendote con la Historia. Pedro Romero en su Alameda, el Niño de la Palma y Antonio Ordóñez como un comité de bienvenida que te llevó hasta la plaza. La Real Maestranza de Caballería de Ronda. Indescriptible.

Me sentí como si nunca hubiera pisado esa plaza. Piedras, pilares, arcos y albero. Tan viejo y tan nuevo, porque cada vez es una primera vez. Nos sentamos y nos miramos, y reconocí en cada rostro la misma emoción que pintaba el mío. Miradas al reloj. Los carruajes, las damas goyescas. Magia, antesala del milagro.

Las cinco y media. El paseíllo. Un lienzo en blanco. Morante. La historia.

 

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Ronda es el toro

“He buscado por todas partes la ciudad soñada y al fin la he encontrado en Ronda”, Rilke.

Ronda, bienal de tauromaquia

Ya ha empezado la cuenta atrás. Febrero anuncia el fin de un invierno que no ha sido en forma de temporada y nosotros esperamos el primer paseíllo como agua de mayo, soñando con tardes que nos devuelvan esa fe inquebrantable que nos lleva a peregrinar de plaza en plaza.

Pero para los que estáis como yo, con el cuentaquilómetros a cero, matando el gusanillo vía güasap-¡ese gran invento!- y contando los días, de uno en uno, como reza la sevillana; os propongo un plan para el finde del 15 al 18 de febrero. Un plan que os llevará a descubrir, en el corazón de la Serranía de Ronda, a la joya de Andalucía, y a participar en un primer gran encuentro de los más prestigiosos investigadores del orbe taurino.

Ronda

Dicen que en Ronda nació el toreo y que Pedro Romero inventó el toreo a pie. Y es que Ronda es, más allá de la romántica leyenda de los bandoleros, o quizás por eso, cuna de toreros de leyenda.

Y por eso durante el segundo fin de semana de febrero, acogerá la I Bienal de Tauromaquia en la que se van a celebrar ponencias, mesas de debate, exposiciones de fotografía, pintura y carteles. Una visita guiada a la Plaza de Toros de Ronda y Mu­seos y un concierto de música. Y muchos actos más entre los que hay que destacar la mesa de debate que contará con la presencia de Francisco y Cayetano Rivera Ordóñez y un fin de Fiesta en la Hacienda Don Bosco con Visita a la Finca, capea y comida cam­pestre.

Programa completo de la Bienal

INSCRIPCION TAUROMUNDO (2)

Cayetano, torero de verde luna

Por Marta Girona.

Cayetano. Nombre antiguo que sabe a dinastía. A toreo y a valor. A pureza y a compás. Al sur conquistando Madrid.

Lo susurro con reverencia, casi con temor y el eco me suena en la piedra vieja de la plaza de Ronda. Torero de verde luna, de mirada profunda y ojos claros al que Lorca hubiese dedicado ríos de tinta. Vuelan los versos al compás de los flashes. Pasado y presente. Sin duda futuro. Por elección y por derecho. Por la sangre que corre por sus venas, empapada con seda y albero; tinta de oro para una historia que se escribe cada tarde, a eso de las cinco.

Muñecas de terciopelo que agarran un capote como el que agarra un rosario. Con fuerza. Con pasión. Los nudillos blancos, las uñas arañando la tela. Las palmas acariciando el rosa, sintiendo la textura. La piel de gallina, los sentidos a flor de piel. La mirada perdida y encontrada. Clavada. En el pasado y en el presente. En dos ojos negros, chiquititos y fieros que se avecinan por chiqueros. En un Dios cinqueño, protagonista de su capilla. De sueños y pesadillas. Del todo o nada. Y le reza en bajito, despacio, paladeando cada palabra que no pronuncia, que se pierde en su garganta reseca, en sus labios agrietados. Esa oración secreta y antigua, legado familiar de algo que no se aprende ni se enseña; de algo con lo que se nace.

El capote y la muleta. Telas sagradas. Lances al viento sorteando al destino, a la muerte. Volviendo a la vida, bajando al Hades, embrujando a Perséfone, seduciendo a las musas prendadas de su mirada. Duendes eternos en el verde de sus ojos. De otro torero. De otro tiempo. Rivera. Desde el cielo de Barbate. En cada arrebato. Banderillas negras en el alma. Saeta y soleá. De luto y oro. Esculpiendo lo eterno sobre el instante. En el círculo del ruedo, que no tiene principio ni fin porque en él todo empieza y todo acaba. En la arena o albero, tierra sagrada. Como un templo. En polvo eres y en polvo te convertirás. Muerte y resurrección.

Se llama Cayetano y es de Ronda. Silencio en los tendidos.

La elegancia, la majestad, el genio. Ordóñez. Un apellido que es nombre y credo, biblia del toreo. Grabado a fuego, esculpido con sangre, cincelado a golpe de muñeca. Un apellido engarzado en la seda y el oro, entre los pitones. Susurrado despacio, saboreando cada sílaba; sentido.  Cantado por bulerías y fandangos. Y escondido. Escondido en los carteles pero presente. Siempre presente. Como una oración íntima y personal para el torero, que se presenta desnudo de pasado tratando de encontrar su futuro.

Pero todos los caminos llevan a Ronda. Al valle del Guadalevín. Al río Tajo. Al ruedo de piedra y al albero sagrado. A las cenizas del abuelo y a los recuerdos. Al silencio solemne y al ‘crujío’ de una guitarra rompiendo el alma. A la habitación en penumbra. A todos los miedos en uno. Al viento que huele a azahar y se lleva el verano. A la goyesca. A Septiembre.

A Ordóñez. A Rivera. A Cayetano.