Felicidades Morante

Kiss

Hay en el segundo día de octubre un 25 de diciembre oculto, camuflado bajo un tapiz de hojas secas y romero, perfumando el aire. Hay un 25 de diciembre sin nieve ni frío, con un sol que aún brilla rabiosamente en el cielo, como si la Estrella de Oriente se posara sobre el día.

Hay un 25 de diciembre cuando nos reunimos unos cuantos locos en torno a unas cervezas para brindar por la vida de otro dios, ya no tan niño, que hoy cumple 34. Un dios capaz de ofrecerse entero ante los hombres, roto, quebrado, dejando su alma en cada paso hacia chiqueros aquel 23 de abril, via crucis de rodillas en majestad. Capaz de vencer a la muerte erguido sobre el albero para venir a resucitar en Ronda un mes después.

Hay un 25 de diciembre porque los dioses se posaron en las marismas del Guadalquivir aquel día, trazando, quizás, el mapa de la piel de toro en las palmas de sus manos y el toreo en sus muñecas, ahondando en el misterio, el agua y la sal, cante de hondura y silencio, dos de octubre, alumbraba al mundo José Antonio Morante.

Morante y Juan Carlos jugando al toro

Hay un 25 de diciembre por ese traje de luces que pedía cada 25 de diciembre, tan niño, tan torero. Por ese disfraz y por las tardes jugando al toro, soñando al toro. Arrastrando la muleta por el asfalto y cerrando los ojos, imaginando el oro, sintiendo el albero maestrante, acariciando el cielo a hombros por esa puerta que corona dioses antes de saber, sintiendo.

Hay un 25 de diciembre en la mirada limpia de aquel niño que jugaba a ser torero por las calles de la Puebla y se hacía el dormido para entrar en la Maestranza. Y en el esfuerzo de ese padre, Rafaé, que dio lo que no tenía, siempre detrás, impulsando, protegiendo, cuidando. Hay un 25 de diciembre en aquellas noches haciendo la luna, en tantos viajes imposibles, en tantos golpes, en tanto sacrificio.

Morante y su padre en la Maestranza

Hay un 25 de diciembre en cada dos de octubre, oasis de navidad, si es que en navidad hay que dar gracias y brindar por la vida de un niño que trajo alegría y felicidad. 

Hoy brindamos por ti, Morante. Y celebramos tu vida.

Ronda, con aroma a Morante

Morante en Ronda

Septiembre arrastra sus últimos días como el viento las primeras hojas que anuncian la llegada del otoño y en mi calendario cada vez estoy más lejos de aquel sábado bendito, día siete, número mágico y místico, el número perfecto. Y no era sino perfección lo que  traía en sus alas, abrazando la historia en un viaje a las fuentes del toreo, hasta la piedra vieja de Ronda.

Han pasado dos semanas. 14 días. 14 intentos delante del ordenador, buscando las palabras cuando no hay palabras. Y estoy aquí, ofreciéndote mi silencio desde lo más hondo, sin importarme si sé o no sé, moviéndome a golpes de corazón sobre el teclado, sabiendo que sentí.

Cierro los ojos y te vuelvo a ver, cada paso, cada gesto, la sonrisa, la vuelta al ruedo  y esa mirada que compartimos. Y me vuelvo a sentir tan niña, en aquel patio de cuadrillas, ofreciéndote mi alma en aquel Cohiba. Y recuerdo tu sonrisa y tus palabras. El abrazo, preludio de tantos abrazos. De tantas tardes, de tanta magia, de tanto. Y me faltan gracias.

Y me vuelvo a quedar sin palabras, como cuando no era capaz de mirarte de frente sin temblar, sin que se me encogiera el estómago y tuviera ganas de llorar. Como aquella noche en Valencia, la primera noche. Jonathan, tu y yo. Y me siento afortunada, de tenerte, de sentirte, de saberte, tan grande, tan torero, tan nuestro. De formar parte de ese nosotros. Tu gente. Y creí entonces como creo ahora, porque Tú eres la verdad, si es que hay verdad alguna. Y lo sé sin necesidad de entenderte ni de justificarme, con la certeza que te da lo que sale de las tripas, de los poros, con la tranquilidad de saber que el corazón no se equivoca.

Te vi llegar en coche de caballos por la calle Jerez, de azul noche y azabache, fundiendote con la Historia. Pedro Romero en su Alameda, el Niño de la Palma y Antonio Ordóñez como un comité de bienvenida que te llevó hasta la plaza. La Real Maestranza de Caballería de Ronda. Indescriptible.

Me sentí como si nunca hubiera pisado esa plaza. Piedras, pilares, arcos y albero. Tan viejo y tan nuevo, porque cada vez es una primera vez. Nos sentamos y nos miramos, y reconocí en cada rostro la misma emoción que pintaba el mío. Miradas al reloj. Los carruajes, las damas goyescas. Magia, antesala del milagro.

Las cinco y media. El paseíllo. Un lienzo en blanco. Morante. La historia.

 

Silencio por un torero

Escribo esto en caliente. Con el corazón en un puño y el alma en vilo. Ha tenido que ser la sangre, tras el derrote seco de un cuatreño, la que les recuerde a muchos la verdad de tu toreo. Y que los dioses también sangran. Que lo divino se mezcla con lo humano cuando la vida se te escapa entre los dedos manchando de sangre el albero. Tu sangre. Que conjuga la leyenda. Y el silencio. Qué es angustia y miedo. Pero también reverencia.

Y es que la muerte, traicionera, siempre ronda a los toreros, empuñando la navaja de un astado. Ingrata y desleal, agazapada tras cada embestida, compelida en un baile tan antiguo como el tiempo. Esperando. Buscando que las cartas sumen trece para vencer, para derrotar a esos hombres que son dioses caminando entre los hombres, transmutados, quizás, o encerrados en un cuerpo incapaz de contener tanta grandeza.

Toreros. Héroes. La verdad. El rezo. El credo. La gloria que reviste al mito y lo graba en oro en la historia. Tantos siglos contenidos en un nombre: Morante. Diluyendo los límites entre la vida y la muerte. Embrujando a Hades con su muleta, como un Orfeo moderno, desandando el camino que separa la luz de la oscuridad.

Morante. Único. Eterno. A pesar del miedo. De las lágrimas. De la incertidumbre cosida a la espera del quirófano. O quizás justamente por eso. Porque has venido a recordarnos que la muerte está ahí. A poner en valor, una vez más, la grandeza de tu toreo. A callar a esos redichos que niegan tu valor y la verdad de tu toreo. A todos esos ciegos, que no quieren ver y a los inválidos de sensibilidad, que ni saben sentir, ni les interesa saber que es esto. A dejarles que ardan en su hoguera de vanidades.

Porque Morante, tu eres un milagro. Una oración que se susurra en voz baja, a media luz, con el corazón en la mano y los ojos cerrados. Porque eres la verdad, si es que hay verdad absoluta, y la pureza, que se conjuga al abrigo de tu misterio cuando te vacías por dentro. Y te entregas entero, sin reservas, sin guardarte siquiera un ápice de vida. Y por eso tu vida ha regado hoy el albero. Consagrándolo.

Y por eso agosto sin ti es un desierto. Y por eso nosotros te esperamos.

Vuelve pronto, Morante.

“Las pulsaciones de un torero no deben subir de 90 durante la corrida”

Poli Gallardo, foto Luis Vega

Poli Gallardo, foto Luis Vega

El torero es un hombre especial que consagra su vida, y si fuera necesario, su muerte, al toro; es alguien con una sensibilidad especial, casi mística, con la que se nace y que al final, más allá del arte y de la gloria, en vertical, bailando con la muerte, está el hombre, el torero, que con el corazón en la mano se entrega sobre el albero.

Por eso, porque la soledad es compañera de viaje y el miedo se esconde en las sombras del hotel, la preparación física debe ir acompañada de la psicológica. “Deben estar siempre muy bien atendidos sin más preocupación que el toro, para todo lo demás, está la cuadrilla y el equipo que designen para trabajar con ellos”, explica Poli Gallardo.

A sus 58 años y con una amplia trayectoria como preparador físico en el mundo del baloncesto, se ha ocupado de las carreras de Cayetano Rivera y de Morante de la Puebla. Amigo y confidente, el fisioterapeuta, que también estudia psicología, intenta aportarles “la máxima tranquilidad posible” y hace hincapié en la necesidad de comprenderles.

“Yo a veces he sido muy pesado con alguno de ellos”, comenta con una sonrisa, y confiesa que puede que la relación con alguno de ellos terminara por eso mismo. “Pero no me arrepiento de nada”, señala, y destaca la satisfacción de “obtener el máximo rendimiento de cada uno de ellos”.”Las pulsaciones de un torero no deben de subir de 90 durante la faena”, afirma, y señala que muchos tienen “mejor condición física que un deportista profesional”.

Poli destaca el trabajo cardiovascular, los estiramientos, que son imprescindibles para torear,  una dieta equilibrada y un control general de la salud. Y asegura que mientras más importante es el compromiso mejor le viene hacer trabajo físico el día antes y la mañana de la corrida. “Eliminar la adrenalina les libera de mucha tensión y eso es muy beneficioso”, comenta. Además tienen que almorzar “fuerte” y comer “cuatro horas antes de la corrida, normalmente pasta y fruta variada”.

Sobre el proceso de mentalización, señala que cada torero “tiene sus manías y sus costumbres”, añade, ya que no hay que olvidar que se juegan la vida y eso “genera mucho estrés”.

Naturales de cante grande

Eran las dos de la mañana. España en su desvelo rezaba a golpe de tuit un salmo de Morante y oro, mientras México empezaba a perder la fe.

El cigarrero había regresado a la Monumental mexicana cinco años después con un manso que se le rajó muy pronto. Tenía peligro ‘Villa’ y abrevió el de La Puebla con buen criterio pese al enfado del respetable. Los mexicanos son apasionados, y como una amante despechada el público de la Monumental se vació desde las entrañas arremetiendo contra el torero. Pero el morantismo por definición es una declaración de amor, y con las emociones a flor de piel y el corazón en la zurda, el torero se entregó, queriendo con palabras de poeta y regresó el hijo pródigo cinco años después.

Morante conjuró a los dioses aquella tarde que también era madrugada. Detuvo el tiempo y rompió fronteras, toreando bajo el sol mexicano a la luna sevillana, a la luz de las estrellas que guarda en el oro del vestido, en la magia de sus muñecas, que acariciaron al inválido quinto como a un recién nacido, desgranando naturales como cuentas de un rosario, devolviéndoles la fe a los creyentes.

Y estalló la plaza en un éxtasis colectivo. Miles de afionados, que abarrotaban las primeras filas de la plaza más grande del mundo, ebrios de emoción se reencontraban con el Toreo, en mayúsculas, con el duende y el romero. Y se eternizó el tiempo en la muleta de Morante. Desmayado, olvidado el cuerpo del torero, que desnudaba su alma en una sinfonía de naturales que empañó cientos de miradas en el tendido; el toque sutil, el arrebato, la torería. Morante.

Antes, El Zapata había cortado una oreja con un toreo efectista ‘marca de la casa’ deleitando al público en banderillas con el Monumental, y después el joven José Mauricio, quien había realizado una buena faena a su primero, un toro encastado y con raza que le permitió realizar una buena labor, poco pudo hacer con el que cerraba plaza.

En el nombre del Arte

Morante sublima el toreo y Silveti paga el valor con sangre

Pellizco

Pellizco

Al compás alegre de los mariachis, entre ramos de flores, ramitos de romero y gritos de “Morante, Morante, torero, torero”, así recibieron los mexicanos al torero de la Puebla, quien volvía a américa tras varios años de ‘exilio’ autoimpuesto.

El coso del Nuevo Progreso de Guadalajara ha sido el primero en recibir al “más artista de los toreros”, como exclamaba Enrique Rivas, comentarista de Wradio, en esta nueva temporada que ha levantado máxima expectación. Y volvía con una de las grandes esperanzas del toreo Mexicano y último representante de la dinastía más antigua del país, el guanajuatense Diego Silveti.

La tarde estallaba en olés al compás del toreo de capa de Morante en cuanto asomó el primer ejemplar del hierro de Campo Real. En los medios, con temple y pinturería puso en pie a la plaza y como una declaración de intenciones le respondía Silveti con un quite por el mismo palo. La faena de muleta empezó con ayudados por alto con mucho gusto, con la barbilla enterrada en el pecho y con la derecha se lleva al toro a la raya del tercio en donde lo somete por el único pitón que tenía faena con el público entregado, aunque el fallo con los aceros le impidió cortar orejas.

“Mano Negra”, del hierro de Teófilo Gómez, lidiado en tercer lugar, fue el toro de la tarde y permitió a Morante lucirse con el capote. Verónicas a pies juntos de manos bajas, despacito, hasta parar al toro, galleo por chicuelinas para llevar el toro al caballo y una media de cartel, lograron emocionar a los presentes y desató la locura entre el público. La emoción recorría los tendidos a la expectativa, silencio de respeto y tarde grande cuando Morante tomó la muleta e inició la faena por alto, acompañando la embestida del toro, para pasar a clavar los pies en la arena y bajarle la mano al animal hasta romperse con él. Largas tandas de naturales, con profundidad y hondura, que hicieron estallar al público. Estocada casi entera que le valió una oreja, pese a que ya habían arrastrado al toro y seguía la petición de la segunda. El quinto de la tarde y último en la cuenta personal del torero de la Puebla se lesionó de salida al golpear con el burladero de matadores y no le dio opción. Las protestas del público y la evidente disposición del matador para cambiar al toro no llegaron a presidencia que hizo oídos sordos y no accedió al cambio. Morante abrevió.

Diego Silveti inició su primer duelo con el sevillano con un gran toro de la ganadería de Xajay y la expectación del público, muy exigente con su “heredero”. Inició la faena con gran entrega y disposición y logró algunos aplausos. La faena fue de más a menos, el público le pedía un esfuerzo a Silveti que fue abroncado y el toro ovacionado. Y si en el primero fue competencia con un quite que parecía toda una declaración de intenciones del nieto del ‘Tigre de Guanajuato’ que no quería dejarse ganar la partida en casa, en el cuarto de la tarde Silveti quiso brindar el toro a su compañero de terna en señal de respeto y admiración. Pero el toro embistió a tirones, sin continuidad y se rajó en seguida, lo que no supo ver parte del público que lo abroncó.

Por su parte el sexto toro de la tarde fue bravo y serio, de arreones bruscos, que pedía mando y mano baja y al que el torero se entregó, plantando los pies en la arena y arrimándose, dando el pecho y los muslos y el público entendió el esfuerzo. Lo pinchó. Y las ganas de no dejarse ganar la partida en casa lo hicieron regalar un sobrero que se le rajó pronto y que tuvo mucho peligro. Tiro de casta y de valor y lo inevitable, una aparatosa voltereta y una cornada en el gemelo.

Fotos de Gus Pelayo.

Volver a Sevilla

Por Marta Girona

Quien no ha pisado nunca Sevilla, no sabe lo que se siente al bajar en Santa Justa después de varios meses. Es un nudo en la boca del estómago y una sonrisa en los labios. Es una alegría que te sale de dentro, desde las tripas, en caliente. En Sevilla te cambia el paso y desaparece la prisa. En Sevilla el tiempo se consume lento, en alguna plaza escondida o en algún tablao minúsculo, entre risas, vino y cante. Y no te enteras. Porque hasta Cronos se para en Triana, junto al río, a escuchar una soleá.

En Sevilla, el tiempo, no es tiempo, son momentos. El reencuentro con los amigos de siempre; porque es más lo que nos une, que los kilómetros que nos separan. Abrazos, besos y brindis. Una copa, y otra. Qué a esta invito yo. Perderse por Santa Cruz –literalmente- y encontrar de repente, tras una esquina, a la Giralda, reina mora. Siglos de poetas a tus pies.

Sevilla es ciudad y marisma, magia y duende. De Triana a La Puebla y del Arenal a Utrera, sueño gitano en los vuelos de un capote.

Morante en majestad. Gloria a Rafaé, maestro y mentor, amigo y confidente; días, noches y desvelos. Humo, whisky y carreteras. El peso del oro. Un paso adelante.

Y la ramita de romero. Curro. Esencia, suave caricia, cante jondo. Camarón en los cielos, y Morante en la tierra, sagrada. Albero de sueños. Recuerdos de otro paseíllo, en otro tiempo. Del tiempo que no pasa.

Porque vive en Sevilla.