Silencio, ha vuelto Joselito

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Once años. 4015 días. Con sus correspondientes horas, minutos y segundos. Once años sin ti. Once años echándote de menos, acordándome, sin saber de qué me acordaba; sensaciones de una niña que empezaba un camino de tu mano, sin saber que estaba empezando a caminar cuando aupada por su abuelo, se agarraba a la ventana del cochecuadrilla con la fe del romero que acaricia los varales de su Virgen del Rocío por vez primera, con los ojos muy abiertos y el corazón en las yemas de los dedos, esos que acariciaban tu vestido. Tan torero.

Te recuerdo tan orgulloso, la mirada serena, insultantemente bello, oro de veinticuatro quilates en cada lance, primeras notas de una partitura que aún no entendía pero que ya entonces empezaba a intuir. Casi puedo tocar la piedra, ardiendo bajo ese sol de julio, envidioso de las filigranas de tu vestido, los lazos en el pelo, el encaje de los vestidos  -horrorosos- tan barrocos, el helado derritiéndose, el chocolate manchando la cara y las manos, la sonrisa en la cara y los pies estirados sobre la roca. Y aquella niña curiosa que miraba hacia todos lados con los ojos muy abiertos, intentando no perderse nada y que no dejaba de hacer preguntas, se quedaba en silencio, mirándote fijamente en cuanto salías al ruedo como un héroe de la mitología antigua. Tan torero.

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Y ayer volví a ser esa niña enamorada del morado de tu capote y de tu sonrisa, de tu manera de caminar, de esa chulería bien entendida y de tus manos, que inventan el mundo desde la nada. Mi primer recuerdo, una verónica que resume todas las verónicas de la historia y de mi historia, que ha durado once años y que acabó ayer en Istres. Para volver a empezar. De Valencia a Francia. Otro trazo en la piel de toro, desandando el camino hacia el cielo de Madrid. Tu casa. Allá dónde conjuras a los dioses que guardan tus secretos. Tan torero.

El paseíllo, la cruz, el paso al frente, envuelto en seda y grandeza. Joselito. Tú. Siempre tú. Te esperaba a ciegas, con la fe intacta y la mirada limpia de aquella niña que te hubiera seguido al fin del mundo, si acaso el mundo tiene fin, cuando te lo abrochas a la cintura en una media que es eterna. Sin pedirte nada, dándote las gracias por volver, por redimir al mundo en tu silencio, cuando sueñas el toreo, rotundo, perfecto. Tú. Sólo tú.

Te esperaba antes de saber que volverías, antes de soñarte siquiera anunciado en un cartel, de atreverme a pedirte en una feria, pidiéndote a quién sabe qué dioses, a esos que te susurran al oído letanías antiguas, rezando el milagro, y siempre dando gracias por haberte sentido antes de ser capaz de verte, de entenderte. La torería arrogante, doliendo de puro bonito, tan claro, tan inmenso. Te he revivido frente a la pantalla de un ordenador, los quites, la goyesca, los seis toros. Una vez. Y otra. Madrid entregada, rota, resucitando la magia. De Madrid al cielo. Tan torero.

Y así te veo, en la arena, acariciando mi sueño, construyéndolo desde los cimientos, los pies clavados, la cintura quebrada, el empaque, la cadencia, el compás, más allá del temple, en la boca de riego, las llaves del paraíso en tus muñecas, mi alma cosida a tu vestido, nazareno y oro, de resurrección, como Cristo más allá del sepulcro, ya sin heridas, once años después. Y viéndote conjurar el misterio de tu muleta, la suavidad, el trazo imposible y sobrenatural. Tan torero. Daban ganas de persignarse y decir ‘amén’.

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Silencio. Ha vuelto Joselito.

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“Estemos donde estemos, el toreo es cultura”

La figura de Joselito siempre ha estado marcada por su personalidad, por una rebeldía cuidada y casi chulesca que rehuye todo tipo de protocolos y que le han granjeado la simpatía y el respeto del público. Ha sido uno de los toreros consentidos de Madrid, ha sumado cuatro Puertas Grandes y muchas tardes para el recuerdo como ‘la corrida de los quites’, en la que rivalizó con Ponce, o la goyesca en la que se encerró con seis toros. Y ahora le han concedido la Medalla de Oro a las Bellas Artes como colofón a su carrera.

Pregunta. ¿Qué significa para usted que le hayan concedido la Medalla de Oro a las Bellas Artes?
Respuesta. Yo siempre me he considerado un artista como torero y el reconocimiento es ver que alguien piensa como yo, que soy un artista.
P. ¿La esperaba?
R. Ya creía que no me la iban a dar (risas), pero me la han dado y bienvenida sea.
P. ¿Qué cree que significa esta Medalla para la Fiesta?
R. Está muy bien porque esto es un arte y ya que las conceden a otros artistas, pues a los toreros también.
P. ¿Y como arte que es debe estar en el Ministerio de Cultura?
R. No tengo ni idea de si ese cambio es bueno, malo o regular pero lo que está claro es que estemos donde estemos, el toreo es cultura.

“QUE ME DEJEN TRANQUILO”
P. ¿Qué opina de lo que ha sucedido en Cataluña?
R. Pues la verdad es que no estoy muy al tanto, yo estoy en el campo y como a mí, afortunadamente, ya no me llaman para esas cosas, que decidan otros.
P. ¿Y no cree que usted debería participar?
R. Para nada, a mí que me dejen tranquilito que tengo muchas cosas que sacar adelante.
P. Ahora ha cambiado el capote y la muleta por el sombrero de mayoral y asegura que volver a los toros “no es una opción”, pero sigue afrontando compromisos fuertes, ¿En qué se diferencian los nervios?
R. No tiene nada que ver, te voy a poner un ejemplo: a las doce del mediodía el torero come una tortillita o un caldito, si te entra, y muerto de miedo; el ganadero se va con los amiguetes de risas a comer. Está claro que es una gran responsabilidad pero hacemos todo lo que hemos podido en el campo y en ese momento ya no depende de nosotros.
P. ¿Cómo es el toro que a usted le gustaría criar?
R. Me gustaría hacer un toro fiero, bravo, que humille, con fijeza y recorrido. Es decir, el toro que a mi me hubiera gustado matar.
P. La Cabaña Brava está atravesando un momento muy difícil, ¿Cree que se ha hecho algo mal?
R. No. Criar toros es muy difícil y al final no hay garantías porque la genética es muy caprichosa.
P. Y como ganadero ¿qué opina del Indulto del Cuvillo en Sevilla?
R. A mí no me importaría echárselo a las vacas (risas).

Para la historia
Para este madrileño apodado ‘Lentejita’ en la Escuela Taurina, donde compartió ‘cartel’, habitación y “muchas horas” con el Fundi y el Bote, “el toro lo es todo, primero como torero, y ahora como ganadero”. Pero no se plantea volver. “Aunque no se puede decir de este agua no beberé, no es una opción ahora mismo”, asegura.

“Tengo muy buenos recuerdos de mi etapa en la Escuela”, explica y destaca que lo que le impulsó a ser torero fue ver a Yiyo; “Habíamos entrenado con él y de repente volvió convertido en figura, ahí me di cuenta de que sí podía ser”. Por eso, la mortal cornada fue aún si cabe más dura, “yo toreaba dos días después y no tenía ganas de nada”.

Y después, llegó la alternativa, que es la tarde más emocionante que recuerda “por lo que significaba para mí ver cumplido mi sueño”, comenta. Y de ahí al ‘número uno’, aunque nunca luchó por él, y a su rivalidad con Ponce de la que se tradujo la famosa ‘corrida de los quites’ que ha pasado a la historia del toreo.“Esa tarde disfruté mucho y el público también; Enrique me dijo que había desperdiciado el toro y yo le contesté que había ganado la fiesta”.

Y también rivalizó con José Tomás quien dijo que de pequeño admiraba a Joselito, “hay unas fotos de él acompañándome por la puerta grande, para mí es una maravilla haber sido un espejo para las generaciones venideras”, concluye.