Silencio por un torero

Escribo esto en caliente. Con el corazón en un puño y el alma en vilo. Ha tenido que ser la sangre, tras el derrote seco de un cuatreño, la que les recuerde a muchos la verdad de tu toreo. Y que los dioses también sangran. Que lo divino se mezcla con lo humano cuando la vida se te escapa entre los dedos manchando de sangre el albero. Tu sangre. Que conjuga la leyenda. Y el silencio. Qué es angustia y miedo. Pero también reverencia.

Y es que la muerte, traicionera, siempre ronda a los toreros, empuñando la navaja de un astado. Ingrata y desleal, agazapada tras cada embestida, compelida en un baile tan antiguo como el tiempo. Esperando. Buscando que las cartas sumen trece para vencer, para derrotar a esos hombres que son dioses caminando entre los hombres, transmutados, quizás, o encerrados en un cuerpo incapaz de contener tanta grandeza.

Toreros. Héroes. La verdad. El rezo. El credo. La gloria que reviste al mito y lo graba en oro en la historia. Tantos siglos contenidos en un nombre: Morante. Diluyendo los límites entre la vida y la muerte. Embrujando a Hades con su muleta, como un Orfeo moderno, desandando el camino que separa la luz de la oscuridad.

Morante. Único. Eterno. A pesar del miedo. De las lágrimas. De la incertidumbre cosida a la espera del quirófano. O quizás justamente por eso. Porque has venido a recordarnos que la muerte está ahí. A poner en valor, una vez más, la grandeza de tu toreo. A callar a esos redichos que niegan tu valor y la verdad de tu toreo. A todos esos ciegos, que no quieren ver y a los inválidos de sensibilidad, que ni saben sentir, ni les interesa saber que es esto. A dejarles que ardan en su hoguera de vanidades.

Porque Morante, tu eres un milagro. Una oración que se susurra en voz baja, a media luz, con el corazón en la mano y los ojos cerrados. Porque eres la verdad, si es que hay verdad absoluta, y la pureza, que se conjuga al abrigo de tu misterio cuando te vacías por dentro. Y te entregas entero, sin reservas, sin guardarte siquiera un ápice de vida. Y por eso tu vida ha regado hoy el albero. Consagrándolo.

Y por eso agosto sin ti es un desierto. Y por eso nosotros te esperamos.

Vuelve pronto, Morante.

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