#héroepadilla

Pascua de Resurrección y romería, solemnidad y alegría, saeta y bulerías, llanto y risa, el costal y la zapatilla que dejan paso a las bombillas de colores y a los ríos de manzanilla. Temporada o peregrinación. Padilla. Revestido de dios, erguido, casi místico. Siempre torero.

La cara partida, el valor y la determinación. Banderillas a la vida, burlando a la muerte, astifina, sobre la arena del ruedo que es tierra sagrada. De rodillas, como el que reza, sin más rosario que un capote y la oración muda de toreo, ofrendando la vida, a pecho descubierto.

Valencia rugiendo y arropando. Quemando demonios. Purificando. Se adelantó la ofrenda. Claveles a la virgen. Y a Padilla. Claveles en el ruedo, y en las manos. Claveles en las solapas y en el pelo. Claveles perfumando el aire. Claveles de colores. De los alamares al manto. Mañana lloverán claveles en la Catedral, hoy, bañaban otro templo, testigos de un milagro de seda y oro.

Naturales a compás de Curro Díaz

La corrida de Alcurrucén vino bien presentada, bonita de hechuras y de cara y muy astifina. Y hubo de todo. De lo mejor, para Matías Tejela; y de lo peor para Alberto Aguilar, que tuvo que “bailar con la más fea”. El comportamiento típico de esta ganadería dicta que los toros salen muy sueltos con el capote y mejoran con la muleta. Los que mejoran. Los que no, son toros con peligro y bruscos que embisten a arreones. Encastados, eso sí. Y hubo de todo.

Lo mejor de la tarde corrió a cargo de Curro Díaz. Arte y entrega, sentimiento y verdad, despaciosidad, con la mano baja, arrastrando casi un tercio de la muleta por la arena, componiendo el cuerpo, con ritmo, con compás. Carísimos naturales que levantaron a la plaza de los asientos en la ovación más cerrada de la tarde. Una faena de pinturería y sabor que puso a todos de acuerdo y que le valió una oreja.

Su primero fue un toro manso, paradito y mirón al que le costaba mucho embestir y con peligro con el que no tuvo opciones.

Por su parte Matías Tejela también arrancó una oreja a su primero. Voluntarioso y animado el madrileño ante un toro que repetía, al que supo hacerle las cosas. Faena larga con variedad de pases y adornos que caló en los tendidos y le valió el trofeo.

No pudo abrir la puerta grande pese a sus esfuerzos. Salió con ganas el madrileño en el quinto, pero no hubo comunión con el animal y no pasó de correcto.

El peor lote con diferencia le correspondió a Alberto Aguilar. Sus dos toros fueron muy brutos que llevaban siempre la cara alta y con un peligro sordo que impidieron que el madrileño pudiera hacer otra cosa que arrimarse, tirar de casta y de valor y enseñar al público que sin material no caben los milagros.

Román conquista Valencia

Novillada de lujo la de El Parralejo que permitió al aficionado disfrutar, no solo del entusiasmo, las ganas y de la buena labor de las tres promesas del toreo que lidiaban hoy, sino también de la bravura, la nobleza y la calidad de los animales, que no hay que olvidar que son el centro de la Fiesta.

Se llegó a pedir el indulto al cuarto toro de la tarde, de nombre ‘Brevito’. Premio excesivo en plaza de primera para el que de todos modos fue un gran ejemplar que apretó en varas y repitió en la muleta de Conchi Ríos que firmó una faena irregular en la que el animal la desarmó, situación que resolvió arrebatándose y firmando una serie con la izquierda con profundidad y temple.Con el que iniciaba la tarde, el único que bajó la nota de la excelente novillada, no tuvo opción. El animal estaba totalmente descoordinado de atrás y manseó. Y sin material, no pudo hacer nada.

La faena de la tarde, la firmó el novillero local, Román, ante otro excelente novillo y el que más calidad mostró en la embestida. Firmó tandas excepcionales, ligadas, templadas, profundas, con la mano muy baja, despacito y entregado. Dándose en cada pase a su público, a su gente y demostrando, en su segunda novillada con picadores, porque está en el cartel. A la hora de matar, se tiró con el alma y clavó hasta la bola. El presidente premió la faena con una oreja aunque era de dos. No pasa nada, la faena, ahí queda. Lo mejor de la feria hasta el momento sin duda.

Su segundo fue un novillo más complicado que no le permitió lucirse como, sin duda, le habría gustado, pero le plantó cara con valor, toreando en vertical y ciñéndose las embestidas a la cintura. Se volvió a tirar con todo a la hora de matar y el novillo lo enganchó rasgándole la taleguilla, por suerte, sin más consecuencias. El público quiso premiar el valor y las ganas que demostró Román y a la vez corregir el error del primer toro y le pidió la oreja que no fue concedida. Pese a todo, dejo firmadas dos muy buenas actuaciones en su paso por la feria de Fallas que permiten ilusionarse al aficionado.

Por su parte, Fernando Adrián fue ovacionado y dio la vuelta al ruedo en cada uno de sus novillos. En su primero, que era bastante noble, “ se montó encima del toro”, toreando entre los pitones y mandando y consiguió tandas de calidad, muy ligadas pero echó a perder la faena por errar con la espada. Y su segundo fue un novillo más complicado que cabeceaba y no tenía ninguna fijeza con lo que tuvo que tirar de oficio y consiguió, tras mucho esfuerzo, meterlo en la muleta y pegar un par de tandas buenas y adornarse.

Orejas con alegría

Calurosa la segunda del abono fallero en todos los sentidos. Brillaba el sol y los tendidos, a rebosar de público dispuesto a pasarlo bien y a disfrutar con los mediáticos.
El tirón taquillero que tienen El Cordobés, Rivera Ordóñez ‘Paquirri’ y El Fandi justifica en gran medida los cinco apéndices que han paseado los matadores, que si bien quizás no resisten un análisis artístico o técnico, se explican por la disposición y las ganas de los toreros junto con las ganas de pasárselo bien de la gente que abarrotaba los tendidos. Gritos de ¡guapo!, ¡guapo! Proferidos por algunas peñas de sol, que bien podrían venir de una despedida de soltera por los cantos y la fiesta; y en general, poca exigencia a los matadores.

De la corrida de Jandilla, hay que destacar la movilidad de los toros que permitió faenas largas en el tercio de muleta y el lucimiento de los matadores en banderillas con lo que el público enloqueció.

El Fandi, es un torero que ha evolucionado en positivo. Se ha asentado, siempre en su estilo, y ha adquirido más soltura y variedad con el capote. A su primero, al que le arrancó las dos orejas, lo recibió con una larga cambiada de rodillas y luego siguió con chicuelinas arrancando la ovación más fuerte de la tarde hasta el momento. Y después hizo las delicias en banderillas. Tras un tercio vibrante que levantó al público de los asientos y que hizo sonar la música, decayó un poco la faena con la muleta que no pasó de voluntariosa y vistosa. Y tras la estocada, dos orejas que le valían la primera Puerta Grande de la feria.

Y en su segundo, David volvió a enloquecer al público en su mejor tercio que son las banderillas. Espectacularidad, vistosidad y mucha preparación física para correrle al toro de espaldas, pararlo con la mano o ponerle un sombrero cordobés. El público en pie coreando su nombre y el torero disfrutando. Si hay algo que me gusta de este hombre, es la sonrisa que tiene mientras torea, se lo pasa bien y se nota. Contagia al público su alegría y sus ganas y eso, al final, se nota.

Y al Fandi lo acompañó en hombros ‘Paquirri’, con club de fans incluido en el tendido de sol que no dejaban de piropearle y de corearle los pases, fueran buenos o no. De la primera faena hay que destacar la estocada, que puede ser la mejor de la feria, que fue fulminante y le valió la oreja. Y de la segunda, plagada de altibajos y de enganchones, hay que destacar su desplante final, de rodillas, dándole la espalda al toro.

Por su parte, El Cordobés, que si bien empezó haciendo las delicias del público con su habitual gracia y simpatía, en una faena larga, de muchos pases, aplaudidos y cantados por el público con la alegría habitual de estas tardes y que enloqueció con el característico salto de la rana, lo que le valió una oreja; no pudo acompañar en hombros a ‘Paquirri y a El Fandi ya que su segundo fue un toro totalmente manso que se defendía con el que no pudo hacer nada.

De niños, plazas y recuerdos

Por Marta Girona.

Recuerdo la impaciencia con la que esperaba cada 19 de marzo cuando era pequeña, la emoción de estrenar EL vestido, comprado para la ocasión, y de mancharlo después, si el tiempo acompañaba -que en marzo ya se sabe- con uno o varios cucuruchos de chocolate.
Para la mayoría de los valencianos, es un día especial, es el día de ‘la cremá’. Para mí, que nunca he sido excesivamente fallera, era el día en el que mi abuelo me llevaba a los toros. No recuerdo faenas, en muchas ocasiones ni nombres, pero me acuerdo de la ilusión con la que iba de la mano de mi abuelo y de lo mayor que me sentía, sentada a su lado, mientras me hablaba de Enrique Ponce, que era “el de casa” o de Joselito, que, aún sin saber muy bien porqué, era el mío, hasta que descubrí a Morante. Me vienen a la mente las conversaciones en el tendido, a las que atendía aún más, si cabe, que a lo que pasaba en la plaza, y como me hubiera gustado tener algo que decir. Y sobre todo, recuerdo el cucurucho de chocolate. Antes de salir de casa, mi abuela le advertía: “no le compres un polo que se va a resfriar” a lo que mi abuelo respondía con una sonrisa. Y en el tercer toro era inevitable. -“¿Qué quieres merendar? -“Un polo de chocolate”. Era casi ritual.
Después fue mi tía la que tomó el testigo y se dejó arrastrar por mi energía juvenil; porque a ella no le gustaban los toros, pero lo hacía por mi. Era algo que hacíamos juntas. Era algo nuestro. Recuerdo con especial cariño la presentación de Cayetano en Valencia, cuando se dejó arrastrar hasta el Patio de Cuadrillas para ‘arrancarle’ dos besos al no guapo, guapísimo torero. Estábamos allí, apretujadas, recibiendo empujones y codazos, entre risas, sumergidas en la marea de féminas que lo esperaba, hasta que cogiéndolo de la chaquetilla logré plantarle un beso en la mejilla mientras pasaba a toda velocidad custodiado por la policía. Esa fue la primera y única vez que bajamos juntas allí, y marcó una tradición ya que aunque yo tenía mi abono, “el día de Cayetano” comprábamos dos entradas e íbamos juntas. -“Es más guapo su hermano Fran”, me decía, “pero este tiene algo”. Y nos reíamos las dos. A posteriori “me veo y no me reconozco” que diría Laporta. Pero si tengo la tentación de negar ‘mi día tonto’, siempre está mi hermano para recordármelo con mucha guasa. Pero ahora que ella ya no está, que un manso, asesino y cabrón con mucho peligro que es el cáncer, le ganó esa última lidia en la plaza de la vida, me gusta recordarla en los toros. Con una sonrisa. Hablando de esto y aquello o en silencio.
Y no cambio esos momentos por nada.
Los gallegos quieren prohibir que los menores de 12 años entren a las plazas, interfiriendo, una vez más, en la educación de los hijos, que debe ser cosa de los padres. Y en el acceso a la cultura, que debe ser libre y no tiene edad.
Yo solo puedo decir que siempre estaré agradecida a mi abuelo por descubrirme este mundo porque sin los toros, yo, no sería yo.