Toreo por bulerías, soleás y sentencias para despedir La Monumental

“Vamos a mecerlo, como un paso de Palio”.“Despacito, como los flamencos ‘güenos’.Vámonos, al cielo con él”. “Vamos a enseñarles a caminar con sevillanía”. Morante de la Puebla se vio rodeado de decenas de improvisados capataces, de cuadrillas de costaleros, de fieles, que peleaban por tocarle, por llevarle, por sentirle. Las voces hirientes se tornaron palmas por bulerías. Pasaron de mandarlo a Sevilla “con su cofradía”; a formar parte de ella y traerle ‘La Madrugá’. El sino del artista. Las cosas del amor.

Y abriendo la comitiva, El Juli y Jose María Manzanares, también aclamados y rodeados por cientos de jóvenes -entre los que llevaban a los toreros, no había nadie mayor de 30 años- que gritaban, que pedían: “Libertad”. Y que viviendo en democracia, haya que reclamarla, es, cuanto menos, preocupante.

Fue la tarde del 24 de septiembre, día de La Mercé, para más señas, cuando los tres toreros entraron abrazados al hotel entre vivas y vítores. Cuando el esplendor del arte parecía nublar el final inminente.

“Morante no se ha fumado el último puro en la Monumental”, decía uno, con una sonrisa, convencido, emocionado. “Siete siglos de historia no van a acabar así, no puede ser”, replicaba otro más serio, triste, consciente de la situación.

“Qué me tenga que ir a Zaragoza o a Valencia a ver toros me parece una vergüenza. Esos a mí no me representan y yo también soy catalán”, destacaba serio Gabriel Fernández, abonado de la Monumental.

El esplendor del sábado contrastaba con el desánimo del domingo pese a que reaparecía el ídolo de Barcelona. El hijo pródigo volvía a casa tras su peregrinación, casi mística, en su resurreción. Pero era un día de luto. De llanto. De crucifixión. Las bulerías de la tarde pasada se tornaron soleás.

Y fue Serafín Marín, torero catalán, quien lidió el último toro de la Monumental. Fue otro homenaje, tan sincero como inútil. Así, fue un catalán el que asestó la última estocada a Dudalegre, como han sido los políticos catalanes los que se la han asestado a la Fiesta.

Como sinceras eran las lágrimas que surcaban su rostro cuando soltó las dos orejas y se arrodilló en el centro del ruedo, besando la arena. Despidiéndose. Porque a este adiós no lo maquilla un hasta luego.

La salida a hombros fue intensa, cargada de melancolía. Todas las Puertas Grandes en una. Joselito, Belmonte, Manolete, y tantas figuras que cruzaron ese umbral de gloria y toreo, transmutados en José Tomás, que escenificaba el luto; de negro y oro. Soleás y sentencias. Como los gitanos de la cava desgarrándose ante El Cachorro de Triana.

Y tras él, el silencio profundo y sentido. Se cerró por última vez la Puerta Grande. Se desalojaron los tendidos. Se apagaron las luces. Y la plaza quedó vacía y sola.

Y ahora solo queda el recuerdo de tardes de gloria y de fracaso. De toreo. De sueños y pesadillas. De Cayetano a porta gayola en el aniversario de la muerte de Paquirri. Del nudo en la garganta. De verónicas interminables. De emociones que ya no volverán. Porque como canta Sabina, lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le quedan dos puntos suspensivos.

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Llanto en seda y oro

Siempre es difícil decir adiós, cerrar un capítulo de una historia cuando no se está preparado para ello. Cuando aún quedan cosas por decirse. Lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le quedan dos puntos suspensivos, canta Sabina.

Pero cuando te los quitan a empujón y puñetazo duele aún más, si cabe. Porque sabes que aún quedan cosas por pasar, por ver, por sentir. Cuando la política se vuelve dogma y una minoría decide nuestro destino, en aras de un progresismo, que huele a fascismo y a basura electoral.

Cuando el que te ha de proteger te traiciona, el alma te duele y gritas, pides justicia y libertad, pero entonces, como ahora, solo el eco en el silencio te devuelve el desgarro de tu voz en el vacío. Porque no buscan debate, ni consenso, ni llevar a cabo mejoras. Es una dictadura de aquello que consideran políticamente correcto. “Porque yo mando y mi opinión es la que vale, y si no te gusta, te aguantas”.

El 25 de Septiembre en Barcelona un grupo de chupópteros del sistema y embaucadores de la palabra, habrán logrado su objetivo. No se celebrarán más corridas de toros. Por una cuestión política, de nomenclatura; porque la llamada Fiesta Nacional hace referencia a España, a un país al que, aunque les pese, pertenecen. Es una cortina de humo nacionalista para mantener activo al votante que empieza a darse cuenta de que el deseado Estatut no va a llegar; es una pantalla espejo en el que ven un reflejo de la ansiada autodeterminación. En el que se ven “en David”, derrotando a Goliat en una epopeya imaginaria. Es simplemente propaganda. Pero, para conseguir esa foto que enmarcar, esa dudosa victoria y un puñado de votos, no han dudado en golpear vilmente al pueblo al que juran defender y representar.

Porque el Mundo del Toro es algo más que las dos horas que dura una corrida. Porque el aficionado podrá ir a otras plazas, pero ¿Quién le devuelve a ese padre de familia su puesto de trabajo en estos tiempos que corren? Ni Montilla, ni Durán i Lleida, ni nadie. ¿O los animalistas van a ocuparse de financiar la ganadería de ese otro hombre que no sabe como va a seguir manteniendo a sus animales? Tampoco. Entonces, ¿De qué victoria estamos hablando? ¿Moral, tal vez? ¿De qué moral? ¿Dónde está escrito que la tuya sea mejor que la mía? ¿Dónde queda el respeto? ¿Y la libertad? Yo te lo diré. Están agonizando sobre el albero de la Monumental; como un pez fuera del agua, boquean, tratando de encontrar algo de oxígeno en una verónica que se recuerde, en el eco de una plaza que pronto estará vacía. Para que quede grabada. Para que la apoteosis sea tal que el tiempo no pueda borrarla, que no difumine el sentimiento de pérdida. Para que los esfuerzos no cesen y siempre queden románticos, como yo, que luchen porque eso cambie. Porque se desande el camino malandado y nos devuelvan lo que es nuestro.

Por eso, yo, el 25 de Septiembre, en Barcelona, una vez más, pediré LIBERTAD.

Marta Girona.