“Con cariño de tu amigo Joselito”

perera autografo

El torero es un hombre orgulloso por definición. Es quizás el último héroe del s.XXI, un hombre que se juega la vida cada tarde defendiendo unos valores en desuso, desnudando su alma en cada muletazo y elevando la eterna lucha del hombre por dominar a la naturaleza a la categoría de arte.

Por eso son tan admirados por unos como detestados por otros, porque la indiferencia es señal de mediocridad, y el toreo apela a las grandes pasiones que nos mueven por dentro y siempre nos hacen reaccionar. Todos, niños y no tan niños, nos hemos acercado alguna vez a pedirle un autógrafo o una foto a un torero, a estrecharle la mano o a tocarle con reverencia y emoción el vestido mientras nos absorbía el caos de una Puerta Grande.

Y muchos de nosotros también hemos pedido alguna vez a un amigo que nos consiguiera una firma de alguno de nuestros héroes y hemos guardado ese papel como oro puro, acariciando los bordes y leyéndolo hasta desgastarlo. Pero la cosa se complica cuando quien recibe el encargo de pedirlo no conoce al ídolo.

La prima de mi amiga Cris, a quien no gustan nada los toros, coincidió en un hotel en Sevilla con Miguel Ángel Perera, y ésta, que no había podido viajar, le pidió entre ruegos y súplicas que le consiguiera un autógrafo. Y Belén, ni corta ni perezosa, se acercó a él. La cosa fue más o menos así.

-¿Oye, tu eres torero?

-Si

-¿Y me puedes firmar una foto para mi prima que también es torera y te admira mucho?

Para el torero, que asumiendo el momento y el lugar, debía estar agobiado por la presión y las expectativas, propias y ajenas, y que estaba siendo continuamente asediado entre palmadas en la espalda y palabras de ánimo, que ya se sabe que muchas veces hacen más mal que bien, eso le debió de parecer un soplo de aire fresco y entre risas aceptó la foto y estampó:

“Con cariño de tu amigo Joselito”.

Para que luego digan que los toreros no tienen sentido del humor.