Todos hablan de Morante

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“Morante me engañas pero te quiero”, le gritaron desde le tendido 5 en Málaga. Y no deja de ser un piropo y una declaración de amor como ya le gritaran el ya célebre: “la próxima vez va a venir a verte tu madre… y yo” a Curro desde su Maestranza, princesa sevillana que llora este abril que ya no huele a romero.

He notado a cierto sector del morantismo un tanto desencantado y durante toda esta semana he tenido no pocas discusiones en las que me ha tocado recordarles a muchos que en la organización de las corridas de toros intervienen un sinfín de empresarios, ganaderos, veterinarios y veedores.

Pienso que no sortear los toros en Málaga no deja de ser algo anecdótico y que de haber salido la tarde como todos hubiéramos deseado no habrían habido quejas al respecto, pero, al no servir los toros, se ha hecho una montaña. No quita que entienda a quienes dicen que es algo irregular y les invito a quejarse formalmente. Les conmino a tratar de cambiar todo aquello que no les gusta en una fiesta que debería ser la más democrática del mundo en vez de a recurrir al derecho al pataleo, que es un derecho, sí, pero inútil dónde los haya. Y sobre todo les invito a dar la cara porque no hay nada más cobarde que esconderse tras un pseudónimo en Internet.

Y como no, tengo que hacer referencia a quienes han dicho que en Málaga se colgó el ‘No Hay Billetes’ con papel en las taquillas porque Morante pretende colgarlo en todas las tardes y qué se cayó de Zaragoza porque había papel por vender. Y no puedo dejar de pensar que algunos actúan de mala fe y otros son como borregos que se dejan arrastrar sin pararse a pensar.

¿De verdad creéis que Morante, a horas de jugarse la vida en una tarde de responsabilidad en Málaga no tiene nada mejor en lo que centrarse que en el papel que haya vendido? Me gustaría que quienes se apresuran a acusarle de ser el culpable de todos los males del toreo se acordaran de que las empresas también juegan un papel, en ocasiones de más peso que los toreros, y si no que se acuerden de lo que ha pasado este año en Sevilla. Si Morante mandara tanto como dicen no se hubiera quedado fuera de SU plaza. Y si se colgó el ‘No Hay Billetes’ preguntadle a Cutiño, que dijo a los micros de Enrique Romero que en un último arreón se había vendido todo.

Y si esto me enfada, lo de Zaragoza me indigna, ya que el torero llegó al callejón tras el último toro con el brazo dormido y no podía mover el hombro. Para el que no lo sepa, las lesiones musculares son duras, provocan mucho dolor y además son difíciles de curar. Os invito a que recordéis, los que hayáis cogido alguna vez una muleta, lo que pesa, y que observéis el movimiento que tiene que hacer el hombro para torear. Y aprovecho para señalar, que se está jugando la vida, y que sin las condiciones físicas adecuadas, la tarde puede terminar en tragedia.

Desde aquí quiero romper una lanza por Morante, aunque no le haga ninguna falta, y lo hago desde el cariño y la admiración más absoluta y con la certeza de que pongo en el fuego las manos por él y no me quemo. Y quiero hacerlo porque me consta que no hay nadie que quiera que le embista un toro más que él, porque sé los quebraderos de cabeza que le provoca que no le sirvan los toros y porque parece que se nos olvidan los victorinos del año pasado en Dax, o los de Sevilla y los 6 toros de Ronda, cuando no había pasado ni un mes de la cornada de Huesca, por mencionar algunos gestos, que son gestas, del torero de la Puebla.

Y adelanto otro gesto: el de ir a Aguascalientes. Pese a las críticas, a las voces incendiarias y a sus detractores, que parece que hayan decidido organizar una cumbre en México. Morante va a dar la cara, como siempre ha hecho y a hablar con el capote y la muleta, como hablan los toreros grandes.

Siempre con permiso del toro, indiscutible rey de la fiesta, y que como reza el refrán: el hombre propone, Dios dispone y el toro descompone. 

 

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Morante presenta su Tour 2014

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La Sala Joy de Madrid se engalanó el pasado jueves 6 de marzo para recibir a Morante de la Puebla. El torero, como si de una antigua deidad romana se tratara, surgió de la oscuridad, envuelto en humo y elegante y poderoso, sobre un lecho de claveles rojos, se dejó querer por sus fieles que se habían congregado para celebrar con él el primer gran acontecimiento de la temporada.

Morante apuntó que “uno pasa por la vida pero el toreo se queda, porque es eterno.” El torero explicó que habrá un autobús que lo acompañará en todas sus tardes que será dirigido por las Juventudes Taurinas y que a su alrededor esperan estructurar exposiciones, encuentros de toreo de salón y muchos otros eventos que reflejen el sentir de que el toreo es mucho más que las dos horas que dura una corrida.

“Uno pasa por la vida y el toreo se queda, y cuando es eterno, se queda para siempre”, señalaba el torero quien destacaba que “el tiempo es el que se encarga de decir si algo es arte o no. Lo que se recuerda, lo es.”

“De cara a esta temporada tengo cosas interiores muy intensas por decir, pero para que salgan necesitan el toro adecuado. El arte es lo más importante en la vida y en estas treinta tardes lo quiero compartir con todos vosotros. Os quiero y que Dios reparta suerte”, remató Morante con su mejor sonrisa y agradeciendo la presencia de todos los asistentes.

Cuando finalizó el acto y mientras el maestro atendía a la prensa, Javi Moya, cantante cigarrero de sevillanas y rumbas y amigo personal del torero desde la cuna, deleitó a todos los asistentes con un pequeño recital.

Decálogo del morantista

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1. Morante nunca está mal, son los toros los que no le embisten.

2. Un pase bueno de Morante vale más que una tarde de cualquier otro.

3. Morante siempre deja algún detalle por el que merece la pena la tarde.

4. Si Morante no torea en tu ciudad, deberás ir a verle a cualquier otra (revisión de si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña)

5. Afirmarás con los ojos cerrados que “hay dos tipos de toreros: Morante y todos los demás” y actuarás en consecuencia.

6. Defenderás a Morante en cualquier discusión.

7. Morante es un acto de fe y nosotros creemos

8.Si Morante torea en América, te quedarás de madrugada viendo la corrida por Internet.

9. El festival de la Puebla es parada obligatoria y “reunión de la tribu”.

10. Hay que pasar por “Capilla” para brindar por el torero en su bar

Felicidades Morante

Kiss

Hay en el segundo día de octubre un 25 de diciembre oculto, camuflado bajo un tapiz de hojas secas y romero, perfumando el aire. Hay un 25 de diciembre sin nieve ni frío, con un sol que aún brilla rabiosamente en el cielo, como si la Estrella de Oriente se posara sobre el día.

Hay un 25 de diciembre cuando nos reunimos unos cuantos locos en torno a unas cervezas para brindar por la vida de otro dios, ya no tan niño, que hoy cumple 34. Un dios capaz de ofrecerse entero ante los hombres, roto, quebrado, dejando su alma en cada paso hacia chiqueros aquel 23 de abril, via crucis de rodillas en majestad. Capaz de vencer a la muerte erguido sobre el albero para venir a resucitar en Ronda un mes después.

Hay un 25 de diciembre porque los dioses se posaron en las marismas del Guadalquivir aquel día, trazando, quizás, el mapa de la piel de toro en las palmas de sus manos y el toreo en sus muñecas, ahondando en el misterio, el agua y la sal, cante de hondura y silencio, dos de octubre, alumbraba al mundo José Antonio Morante.

Morante y Juan Carlos jugando al toro

Hay un 25 de diciembre por ese traje de luces que pedía cada 25 de diciembre, tan niño, tan torero. Por ese disfraz y por las tardes jugando al toro, soñando al toro. Arrastrando la muleta por el asfalto y cerrando los ojos, imaginando el oro, sintiendo el albero maestrante, acariciando el cielo a hombros por esa puerta que corona dioses antes de saber, sintiendo.

Hay un 25 de diciembre en la mirada limpia de aquel niño que jugaba a ser torero por las calles de la Puebla y se hacía el dormido para entrar en la Maestranza. Y en el esfuerzo de ese padre, Rafaé, que dio lo que no tenía, siempre detrás, impulsando, protegiendo, cuidando. Hay un 25 de diciembre en aquellas noches haciendo la luna, en tantos viajes imposibles, en tantos golpes, en tanto sacrificio.

Morante y su padre en la Maestranza

Hay un 25 de diciembre en cada dos de octubre, oasis de navidad, si es que en navidad hay que dar gracias y brindar por la vida de un niño que trajo alegría y felicidad. 

Hoy brindamos por ti, Morante. Y celebramos tu vida.

Ronda, con aroma a Morante

Morante en Ronda

Septiembre arrastra sus últimos días como el viento las primeras hojas que anuncian la llegada del otoño y en mi calendario cada vez estoy más lejos de aquel sábado bendito, día siete, número mágico y místico, el número perfecto. Y no era sino perfección lo que  traía en sus alas, abrazando la historia en un viaje a las fuentes del toreo, hasta la piedra vieja de Ronda.

Han pasado dos semanas. 14 días. 14 intentos delante del ordenador, buscando las palabras cuando no hay palabras. Y estoy aquí, ofreciéndote mi silencio desde lo más hondo, sin importarme si sé o no sé, moviéndome a golpes de corazón sobre el teclado, sabiendo que sentí.

Cierro los ojos y te vuelvo a ver, cada paso, cada gesto, la sonrisa, la vuelta al ruedo  y esa mirada que compartimos. Y me vuelvo a sentir tan niña, en aquel patio de cuadrillas, ofreciéndote mi alma en aquel Cohiba. Y recuerdo tu sonrisa y tus palabras. El abrazo, preludio de tantos abrazos. De tantas tardes, de tanta magia, de tanto. Y me faltan gracias.

Y me vuelvo a quedar sin palabras, como cuando no era capaz de mirarte de frente sin temblar, sin que se me encogiera el estómago y tuviera ganas de llorar. Como aquella noche en Valencia, la primera noche. Jonathan, tu y yo. Y me siento afortunada, de tenerte, de sentirte, de saberte, tan grande, tan torero, tan nuestro. De formar parte de ese nosotros. Tu gente. Y creí entonces como creo ahora, porque Tú eres la verdad, si es que hay verdad alguna. Y lo sé sin necesidad de entenderte ni de justificarme, con la certeza que te da lo que sale de las tripas, de los poros, con la tranquilidad de saber que el corazón no se equivoca.

Te vi llegar en coche de caballos por la calle Jerez, de azul noche y azabache, fundiendote con la Historia. Pedro Romero en su Alameda, el Niño de la Palma y Antonio Ordóñez como un comité de bienvenida que te llevó hasta la plaza. La Real Maestranza de Caballería de Ronda. Indescriptible.

Me sentí como si nunca hubiera pisado esa plaza. Piedras, pilares, arcos y albero. Tan viejo y tan nuevo, porque cada vez es una primera vez. Nos sentamos y nos miramos, y reconocí en cada rostro la misma emoción que pintaba el mío. Miradas al reloj. Los carruajes, las damas goyescas. Magia, antesala del milagro.

Las cinco y media. El paseíllo. Un lienzo en blanco. Morante. La historia.

 

Silencio por un torero

Escribo esto en caliente. Con el corazón en un puño y el alma en vilo. Ha tenido que ser la sangre, tras el derrote seco de un cuatreño, la que les recuerde a muchos la verdad de tu toreo. Y que los dioses también sangran. Que lo divino se mezcla con lo humano cuando la vida se te escapa entre los dedos manchando de sangre el albero. Tu sangre. Que conjuga la leyenda. Y el silencio. Qué es angustia y miedo. Pero también reverencia.

Y es que la muerte, traicionera, siempre ronda a los toreros, empuñando la navaja de un astado. Ingrata y desleal, agazapada tras cada embestida, compelida en un baile tan antiguo como el tiempo. Esperando. Buscando que las cartas sumen trece para vencer, para derrotar a esos hombres que son dioses caminando entre los hombres, transmutados, quizás, o encerrados en un cuerpo incapaz de contener tanta grandeza.

Toreros. Héroes. La verdad. El rezo. El credo. La gloria que reviste al mito y lo graba en oro en la historia. Tantos siglos contenidos en un nombre: Morante. Diluyendo los límites entre la vida y la muerte. Embrujando a Hades con su muleta, como un Orfeo moderno, desandando el camino que separa la luz de la oscuridad.

Morante. Único. Eterno. A pesar del miedo. De las lágrimas. De la incertidumbre cosida a la espera del quirófano. O quizás justamente por eso. Porque has venido a recordarnos que la muerte está ahí. A poner en valor, una vez más, la grandeza de tu toreo. A callar a esos redichos que niegan tu valor y la verdad de tu toreo. A todos esos ciegos, que no quieren ver y a los inválidos de sensibilidad, que ni saben sentir, ni les interesa saber que es esto. A dejarles que ardan en su hoguera de vanidades.

Porque Morante, tu eres un milagro. Una oración que se susurra en voz baja, a media luz, con el corazón en la mano y los ojos cerrados. Porque eres la verdad, si es que hay verdad absoluta, y la pureza, que se conjuga al abrigo de tu misterio cuando te vacías por dentro. Y te entregas entero, sin reservas, sin guardarte siquiera un ápice de vida. Y por eso tu vida ha regado hoy el albero. Consagrándolo.

Y por eso agosto sin ti es un desierto. Y por eso nosotros te esperamos.

Vuelve pronto, Morante.

De Talavante y cárdeno

Talavante

Alejandro Talavante ya está en capilla, mirando de frente a la historia. Ciñéndose la eternidad a los miedos, entre sombras sin luz, tan a solas en esa habitación de hotel, tan en silencio.

Mirando un reloj que ya no avanza, unas manecillas que ya no corren, que ya no giran, detenidas de pura grandeza, a las siete en punto. Esperando a que suene la música del cerrojo, ese golpe que es compás; clarines y timbales en esa primera pisada abriendo camino, la cruz sobre el albero, y en la frente. Rezándole a los dioses para salir en volandas dos horas después y rozar su paraíso con las yemas.

El héroe, porque los héroes también tienen miedo cuando bailan con su destino. Y ya siente el aliento del bravo en la oscuridad de chiqueros. La incógnita entre los pitones, la gloria más allá de la gloria. El hombre, que desnuda su alma y la reviste de oro, que la ofrece sin mesura, con la verdad de la carne, de la sangre. La cruz más allá de la cruz.

Desgranando días en el calendario, desandando sueños y paseíllos, el frío del miedo empapado en sudor, la espera, a contraluz. Dispuesto a escribir la verdad, sin artificio, sometiendo con la muleta, las zapatillas clavadas, quebrando la cintura, mandando. Toreando. Venciendo al miedo, acariciando la seda, despuntando en oro en ese destello de luz en el que caben todos los colores del mundo.

Alejandro Talavante se pasará a la muerte por los muslos en ese templo donde no cabe la mentira, en el mayo venteño y el pelaje cárdeno. En San Isidro. En Madrid.