Acerca de Marta Girona

Aprendiz de periodista (taurina). Aficionada al flamenco, al teatro y la buena vida. Colaboro con @levante_emv en la Feria de Fallas

La Resurrección de Morante

  
Morante volvió ayer a La Maestranza en su resurrección, trasmutado en un dios que volvía del exilio y convertido en el señor de Sevilla. Se abría la calle Adriano a su paso hacia el Baratillo y se santiguaban sus apóstoles, esos que saben del milagro y lo esperan a ciegas, musitando su nombre como quien reza una plegaria a las puertas del templo.

Morante, más milagro que todos los versículos de la Biblia, ofreciéndose en silencio a Dios Padre como antaño Gallito, ésta es mi carne, ésta es mi sangre. Conjugando el misterio de la fe, mirando a los ojos a la Madre cuando abraza al hijo en su tormento, metáfora de Sevilla, presintiendo quizás el sacrificio de la entrega que había de producirse. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Caer para resurgir.

Diez mil personas conteniendo la respiración mientras dibuja esa cruz de albero, cruz de guía a la que encomendarse. La caricia de la seda, hecha de jirones de cielo, conteniendo su grandeza, desbordando en azabache el luto de la ausencia. Purgando las lágrimas desde el silencio que pesa cuando habla Sevilla, las zapatillas clavadas, el mentón hiriendo el pecho, la cintura quebrada y la levedad de diez mil almas acompañando una verónica. Y otra. Y la media que vino a borrar dos años. Señor del tiempo.

Morante iluminando Sevilla en un estallido de luz, sustituyendo cirios por farolillos, el incienso por el azahar, como el Cristo que vence a la muerte tras pasar por la cruz, guardando el albero desde el paseíllo.

Repicaron las campanas de la giralda de madrugada anunciando la gloria y corrían ramitas de romero de mano en mano, como palmas en Domingo de Ramos, celebrando otra entrada multitudinaria de otro templo, de otro credo. Anticipando la proclamación del misterio que esconden sus muñecas, que acarician y castigan, dibujando prodigios sobre el albero.

Morante en los medios abriendo su alma, vaciándose entero en un instante, segundos que se alargan en el tiempo, cosido a los vuelos de su capote. Arrebato del genio que no quiere guardarse nada, máxima expresión de generosidad que es pura belleza cuando se refleja en el espejo de su muleta. El trazo perfecto, círculo infinito, la historia del toreo en un viaje de ida y vuelta. La conjura de la muerte quebrada bajo el mando de su muleta, la pureza, la intuición.

Y de repente todo se detuvo, el sabor amargo del acero en la boca, los labios resecos, la lengua reseca. La espada o la vida. La impotencia. La rabia. El tiempo descontando minutos como si el mismo Cronos se cobrase una deuda antigua, por tantas derrotas.

Tres avisos, tres puyazos. Tres toques de corneta anunciando que tres veces cayó Jesús cargando la Cruz para redimirnos con su sangre manchando el madero. Y Morante salió despacio, vacío de corazón y mirando al infinito. Estampa antigua de torería, en carne viva, doliendo de puro bonito mientras la plaza estallaba en una sentida ovación de fe y de perdón. Esperando la resurrección.

Y a los que le pitaron perdónalos, señor, porque no saben lo que hacen.

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Era 13 en el calendario

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Era 13 en el calendario. Un día 13 como hoy. Suspiraba enero frío y supersticiones para dar la bienvenida a un torero. Rivera y Ordóñez lo acunaban, dos leyendas en seda y oro, padre y abuelo. La historia de toda la tauromaquia grabada a sangre en el trazo de aquel 13.

Treinta y nueve años desde aquel 13. Un día 13 como hoy. Se llama Cayetano y es de Ronda. Saeta y soleá, silencio y murmullo, sosteniendo el infinito con sus muñecas, el Tajo de Ronda, abismo de roca, tan en silencio, al sur del sur.

La leyenda en el nombre. Cayetano. Y la vida en la puerta de toriles, sobre la arena que es incienso de quemar en un templo de piedra, dónde todo se detiene, dónde la verdad se escribe de tú a tú. La incógnita bordada en oro, como una moneda dando vueltas en el aire. Cara o cruz. La gloria, tocando el cielo, hacia el infinito, inmenso, inmortal; o la sangre, la herida en la carne trazando mapas y surcos que son carreteras que viajan por la historia.

En el nombre del padre. La mirada verde, clara y limpia; carta de presentación al mundo. En el nombre del padre, resonando en los tendidos como una plegaria, como una oración antigua o un salmo al dios de los toreros para que lo guarde cuando se hinca de rodillas frente al mundo.

La responsabilidad llamando desde el cielo de Barbate. Rabiosamente azul. Y desde Ronda, salvajemente bella. Eje de sueños y suspiros y de su toreo macizo y rotundo, aprendido de la mano del maestro Curro Vázquez, isla de calma en medio de la tempestad, de capotes, muletas y flashes que lo envuelve; soñado en la infancia, en tardes sin relojes y sin tiempo cuando lo contemplaba Ronda en su atalaya comprender que la sangre manda.

Morante, califa en Córdoba

Hoy te vi y no atiné a decirte nada. Volví a sentirme como aquella niña que te miraba de lejos, pequeñita, ante tanta grandeza. Hoy te vi y sólo pude darte un beso e irme. No fui capaz de sostenerte la mirada, para que no me vieras llorar.

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Te vi de pie, erguido como un roble milenario, con los pies clavados en el albero, como si fueran raices agarradas a la tierra, y fue como verte por primera vez de nuevo, como abrir los ojos al primer amanecer del mundo y contemplar la intensidad de sus colores reventando el cielo, como quien regresa al lugar dónde fue feliz y cierra los ojos y llega al edén.

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Y así como te vi te veo cada vez que cierro los ojos, exquisito, irrepetible, inalcanzable, insultantemente torero, inventando los mares y los vientos, el agua para la sed. Quién sabe qué dioses paganos se sientan a tu mesa, qué misterio te envuelve cuando te encierras en la penumbra, en el despacho de Joselito ‘El Gallo’, envuelto en humo y grandeza, a soñar el toreo.

Te veo, puro genio, cosiendo en cada lance miles de corazones, nuevos apóstoles, bendita locura más allá del tiempo, sembrando sueños en la arena cuando te entregas entero, sin guardarte nada, ni siquiera la vida.

Cierro los ojos y te veo, envuelto en seda, oro y misterio, tan leve, sujetando el mundo con las yemas de tus dedos, la fragilidad de tu mirada, tan profunda, el deje de cante grande de tus maneras. Tan torero.

Y no queda nada por decir, si todas las palabras suenan vanas cuando las mido con la inmortalidad de tu capote inabarcable, cuando las palabras no alcanzan porque se escriben con sangre en el albero, porque tu toreo se sabe y se siente, pero no se explica. No hay poetas que te canten, Morante, porque habría que inventar palabras nuevas para describirte.

Bendito seas.

Un año más

Córdoba

A partir de marzo mi agenda se complica. De repente mi calendario se tiñe de colores: rosa para las tardes imprescindibles, azul para las posibles y rojo para las que son complicadas pero no acabo de descartar. Porque siempre me ha costado mucho decirle ‘NO’ a Morante, y con los años más; tal vez porque empiezo a darme cuenta de lo efímero que es esto y de que El Rey del Toreo solo será eterno en nuestra memoria.

De repente mi vida se convierte en un trajín de maletas y billetes de AVE, de coches, de aviones y de autobuses. De encuentros con amigos y con futuros amigos, porque hay desconocidos que te marcan desde el momento en qué los conoces y sabes que los quieres en tu vida.

Cerrar los ojos en Madrid para despertar en Córdoba, dejarse mecer en una verónica tan lenta que podría servir de cuna para un recién nacido, dejarse gobernar por el califato de sus muñecas, que nos guía por la piel de toro.

Morante convertido en mapa y en asta de bandera, en camino y en vereda. Siguiendo sus pasos como apóstoles modernos, bendita locura. Yo creo.

Se acerca el invierno

Hacer balance es mirarse hacia adentro, acariciarse las costuras y saber que cada nudo y cada parche significan que estás vivo y que si duele es porque fue importante.

El fin de la temporada taurina marca el inicio del invierno y el compás de la lluvia contra los cristales es música para lamerte las heridas del corazón, y es el momento en el que yo aprovecho para cerrar por derribo.

Cuando te has equivocado en tantas cosas y se tambalean tus certezas, el frío te atenaza el alma y el tequila ya no sirve ni como solución temporal, hay abrazos que marcan la diferencia.

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Y cada vez que mire esta foto me acordaré de que cuando todo se me vino abajo tú estuviste ahí, vestido de certeza, como un punto que contiene todos los puntos del mundo, como un Aleph, derrochando luz. Y sonreiré. Porque pese a todos los errores que he cometido saberte a mi lado es un privilegio que a veces no he merecido.

Nunca podré agradecerte suficiente que me regalaras un día como el de ayer, sin reproches ni “telodijes”, y que fueras el hombro en el que pude apoyarme, porque sin conocerte ya sabía que como tú no hay dos y haber conservado tu amistad por encima de todas las cosas es uno de los regalos más grandes que me va a hacer la vida.

Gracias por tus palabras y por tus consejos, aunque no te guste darlos, gracias por quitarme de un tirón la venda de los ojos y por invitarme a una copa después, porque contigo todo duele menos, y gracias por seguir ahí a pesar de mis errores. Una vez olvidé que tu opinión era la más -si no la única- importante, no me volverá a suceder.

Si alguien te falla una vez es culpa suya, si te falla dos veces, tuya. Yo me he equivocado muchas veces pero te prometo que conmigo tú no lo harás.

Simplemente, gracias.

Silencio, ha vuelto Joselito

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Once años. 4015 días. Con sus correspondientes horas, minutos y segundos. Once años sin ti. Once años echándote de menos, acordándome, sin saber de qué me acordaba; sensaciones de una niña que empezaba un camino de tu mano, sin saber que estaba empezando a caminar cuando aupada por su abuelo, se agarraba a la ventana del cochecuadrilla con la fe del romero que acaricia los varales de su Virgen del Rocío por vez primera, con los ojos muy abiertos y el corazón en las yemas de los dedos, esos que acariciaban tu vestido. Tan torero.

Te recuerdo tan orgulloso, la mirada serena, insultantemente bello, oro de veinticuatro quilates en cada lance, primeras notas de una partitura que aún no entendía pero que ya entonces empezaba a intuir. Casi puedo tocar la piedra, ardiendo bajo ese sol de julio, envidioso de las filigranas de tu vestido, los lazos en el pelo, el encaje de los vestidos  -horrorosos- tan barrocos, el helado derritiéndose, el chocolate manchando la cara y las manos, la sonrisa en la cara y los pies estirados sobre la roca. Y aquella niña curiosa que miraba hacia todos lados con los ojos muy abiertos, intentando no perderse nada y que no dejaba de hacer preguntas, se quedaba en silencio, mirándote fijamente en cuanto salías al ruedo como un héroe de la mitología antigua. Tan torero.

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Y ayer volví a ser esa niña enamorada del morado de tu capote y de tu sonrisa, de tu manera de caminar, de esa chulería bien entendida y de tus manos, que inventan el mundo desde la nada. Mi primer recuerdo, una verónica que resume todas las verónicas de la historia y de mi historia, que ha durado once años y que acabó ayer en Istres. Para volver a empezar. De Valencia a Francia. Otro trazo en la piel de toro, desandando el camino hacia el cielo de Madrid. Tu casa. Allá dónde conjuras a los dioses que guardan tus secretos. Tan torero.

El paseíllo, la cruz, el paso al frente, envuelto en seda y grandeza. Joselito. Tú. Siempre tú. Te esperaba a ciegas, con la fe intacta y la mirada limpia de aquella niña que te hubiera seguido al fin del mundo, si acaso el mundo tiene fin, cuando te lo abrochas a la cintura en una media que es eterna. Sin pedirte nada, dándote las gracias por volver, por redimir al mundo en tu silencio, cuando sueñas el toreo, rotundo, perfecto. Tú. Sólo tú.

Te esperaba antes de saber que volverías, antes de soñarte siquiera anunciado en un cartel, de atreverme a pedirte en una feria, pidiéndote a quién sabe qué dioses, a esos que te susurran al oído letanías antiguas, rezando el milagro, y siempre dando gracias por haberte sentido antes de ser capaz de verte, de entenderte. La torería arrogante, doliendo de puro bonito, tan claro, tan inmenso. Te he revivido frente a la pantalla de un ordenador, los quites, la goyesca, los seis toros. Una vez. Y otra. Madrid entregada, rota, resucitando la magia. De Madrid al cielo. Tan torero.

Y así te veo, en la arena, acariciando mi sueño, construyéndolo desde los cimientos, los pies clavados, la cintura quebrada, el empaque, la cadencia, el compás, más allá del temple, en la boca de riego, las llaves del paraíso en tus muñecas, mi alma cosida a tu vestido, nazareno y oro, de resurrección, como Cristo más allá del sepulcro, ya sin heridas, once años después. Y viéndote conjurar el misterio de tu muleta, la suavidad, el trazo imposible y sobrenatural. Tan torero. Daban ganas de persignarse y decir ‘amén’.

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Silencio. Ha vuelto Joselito.

Gracias Curro

Cuando pienso en Curro Vázquez lo primero que me viene a la memoria es su sonrisa. Es una sonrisa pícara, de alguien que ha vivido mucho y que sabe aún más, y sobre todo, es una sonrisa sincera, que le llega a los ojos y se los ilumina. A diferencia de muchas sonrisas, que son una simple curvatura de labios.

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Curro es Curro cuando habla, en torero, armando muletas invisibles con las manos, acariciando el aire, templando la voz, la elegancia en las maneras, sin artificio. Y Curro es Curro cuando pisa, siempre torero, como si Las Ventas se formara bajo sus pies y aquellas tardes de gloria lo acompañasen a diario, porque Curro vive en torero, y es más torero en el campo que todos los demás de luces y en Sevilla.

Curro es Curro cuando te da un abrazo y te pregunta, como si lo hubieras visto ayer, como si no hubiera pasado el tiempo, y es Curro cuando te guiña un ojo desde el callejón, pese a la tensión y al estrés. Curro es Curro cuando está pendiente de cada detalle, desde el toro reseñado para una plaza de tercera hasta el aficionado que sigue al torero, y es Curro cuando se sienta a tu lado y cada palabra es una lección, de vida y de toreo. Y es Curro cuando se emociona hablando de Antoñete, de los victorinos o de Las Ventas. Y te descubres mirándole con la sonrisa pintada en la cara, sabiendo que hay momentos que no se pagan con dinero.

Hoy, después de hablar con él por teléfono y de escucharle reírse, entre pregunta y pregunta, me he vuelto a sentir nostálgica de aquellos viajes y hoteles, y de saber que por lejos que me fuera, con Curro por allí, siempre me iba a sentir como en casa. Y me he acordado de la primera vez que me senté a hablar con él, de su cercanía y de esa manera tan suya de hacerte sentir cómoda. Le he vuelto a ver acercarse, tan torero, sonriendo, con la seguridad del que se sabe dueño del misterio y le he visto sonreír. Y como aquella vez, he vuelto a entender que torero se nace, y me he vuelto a sentir afortunada por tantas tardes y tantas sonrisas, por tanto cariño.

Y hoy quiero dedicarle estas letritas con toda mi gratitud y todo mi cariño, aunque no tenga Internet ni sepa de la existencia de este blog. Porque me apetece y porque se lo merece.

Gracias, Curro.