La Resurrección de Morante

  
Morante volvió ayer a La Maestranza en su resurrección, trasmutado en un dios que volvía del exilio y convertido en el señor de Sevilla. Se abría la calle Adriano a su paso hacia el Baratillo y se santiguaban sus apóstoles, esos que saben del milagro y lo esperan a ciegas, musitando su nombre como quien reza una plegaria a las puertas del templo.

Morante, más milagro que todos los versículos de la Biblia, ofreciéndose en silencio a Dios Padre como antaño Gallito, ésta es mi carne, ésta es mi sangre. Conjugando el misterio de la fe, mirando a los ojos a la Madre cuando abraza al hijo en su tormento, metáfora de Sevilla, presintiendo quizás el sacrificio de la entrega que había de producirse. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Caer para resurgir.

Diez mil personas conteniendo la respiración mientras dibuja esa cruz de albero, cruz de guía a la que encomendarse. La caricia de la seda, hecha de jirones de cielo, conteniendo su grandeza, desbordando en azabache el luto de la ausencia. Purgando las lágrimas desde el silencio que pesa cuando habla Sevilla, las zapatillas clavadas, el mentón hiriendo el pecho, la cintura quebrada y la levedad de diez mil almas acompañando una verónica. Y otra. Y la media que vino a borrar dos años. Señor del tiempo.

Morante iluminando Sevilla en un estallido de luz, sustituyendo cirios por farolillos, el incienso por el azahar, como el Cristo que vence a la muerte tras pasar por la cruz, guardando el albero desde el paseíllo.

Repicaron las campanas de la giralda de madrugada anunciando la gloria y corrían ramitas de romero de mano en mano, como palmas en Domingo de Ramos, celebrando otra entrada multitudinaria de otro templo, de otro credo. Anticipando la proclamación del misterio que esconden sus muñecas, que acarician y castigan, dibujando prodigios sobre el albero.

Morante en los medios abriendo su alma, vaciándose entero en un instante, segundos que se alargan en el tiempo, cosido a los vuelos de su capote. Arrebato del genio que no quiere guardarse nada, máxima expresión de generosidad que es pura belleza cuando se refleja en el espejo de su muleta. El trazo perfecto, círculo infinito, la historia del toreo en un viaje de ida y vuelta. La conjura de la muerte quebrada bajo el mando de su muleta, la pureza, la intuición.

Y de repente todo se detuvo, el sabor amargo del acero en la boca, los labios resecos, la lengua reseca. La espada o la vida. La impotencia. La rabia. El tiempo descontando minutos como si el mismo Cronos se cobrase una deuda antigua, por tantas derrotas.

Tres avisos, tres puyazos. Tres toques de corneta anunciando que tres veces cayó Jesús cargando la Cruz para redimirnos con su sangre manchando el madero. Y Morante salió despacio, vacío de corazón y mirando al infinito. Estampa antigua de torería, en carne viva, doliendo de puro bonito mientras la plaza estallaba en una sentida ovación de fe y de perdón. Esperando la resurrección.

Y a los que le pitaron perdónalos, señor, porque no saben lo que hacen.

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