Era 13 en el calendario

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Era 13 en el calendario. Un día 13 como hoy. Suspiraba enero frío y supersticiones para dar la bienvenida a un torero. Rivera y Ordóñez lo acunaban, dos leyendas en seda y oro, padre y abuelo. La historia de toda la tauromaquia grabada a sangre en el trazo de aquel 13.

Treinta y nueve años desde aquel 13. Un día 13 como hoy. Se llama Cayetano y es de Ronda. Saeta y soleá, silencio y murmullo, sosteniendo el infinito con sus muñecas, el Tajo de Ronda, abismo de roca, tan en silencio, al sur del sur.

La leyenda en el nombre. Cayetano. Y la vida en la puerta de toriles, sobre la arena que es incienso de quemar en un templo de piedra, dónde todo se detiene, dónde la verdad se escribe de tú a tú. La incógnita bordada en oro, como una moneda dando vueltas en el aire. Cara o cruz. La gloria, tocando el cielo, hacia el infinito, inmenso, inmortal; o la sangre, la herida en la carne trazando mapas y surcos que son carreteras que viajan por la historia.

En el nombre del padre. La mirada verde, clara y limpia; carta de presentación al mundo. En el nombre del padre, resonando en los tendidos como una plegaria, como una oración antigua o un salmo al dios de los toreros para que lo guarde cuando se hinca de rodillas frente al mundo.

La responsabilidad llamando desde el cielo de Barbate. Rabiosamente azul. Y desde Ronda, salvajemente bella. Eje de sueños y suspiros y de su toreo macizo y rotundo, aprendido de la mano del maestro Curro Vázquez, isla de calma en medio de la tempestad, de capotes, muletas y flashes que lo envuelve; soñado en la infancia, en tardes sin relojes y sin tiempo cuando lo contemplaba Ronda en su atalaya comprender que la sangre manda.