Un año más

Córdoba

A partir de marzo mi agenda se complica. De repente mi calendario se tiñe de colores: rosa para las tardes imprescindibles, azul para las posibles y rojo para las que son complicadas pero no acabo de descartar. Porque siempre me ha costado mucho decirle ‘NO’ a Morante, y con los años más; tal vez porque empiezo a darme cuenta de lo efímero que es esto y de que El Rey del Toreo solo será eterno en nuestra memoria.

De repente mi vida se convierte en un trajín de maletas y billetes de AVE, de coches, de aviones y de autobuses. De encuentros con amigos y con futuros amigos, porque hay desconocidos que te marcan desde el momento en qué los conoces y sabes que los quieres en tu vida.

Cerrar los ojos en Madrid para despertar en Córdoba, dejarse mecer en una verónica tan lenta que podría servir de cuna para un recién nacido, dejarse gobernar por el califato de sus muñecas, que nos guía por la piel de toro.

Morante convertido en mapa y en asta de bandera, en camino y en vereda. Siguiendo sus pasos como apóstoles modernos, bendita locura. Yo creo.

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