De hermana a hermana

De las mejores cosas que me llevo tras tres años de universidad es la sonrisa de Virginia. Porque la suya no es una sonrisa normal, de alegría, que curva los labios y termina en una suave carcajada, no, la que define quién es y la caracteriza; la que reconoces y te asusta es una sonrisa medio ladeada y macarra que rompe totalmente el rostro angelical y que le llega a los ojos, como un chispazo, un calambrazo contagioso que suele ir seguido de un comentario lapidario, cargado de fina ironía, de una mirada, de un gesto, de una maldad. De “un vamos a”, de borrar el -im, de que todo es posible, y si no, también.

La mirada limpia y la valentía de los que quieren de verdad, sin condiciones, por los poros. De los que se levantan tras cada golpe a sabiendas de que no será la última vez que aterricen de bruces contra el suelo. De ese cheque en blanco de tiempo y palabras, de momentos y kilómetros. Esa fuerza de Atlas, sosteniendo el mundo sobre su espalda, tan liviano que cabe en una botella de manzanilla que apuramos a sorbos, madrugada contra confidencias, desandando senderos en la memoria, trazando nuevos caminos, nuevos nombres, lo que es, lo que será.

A lo largo de este viaje que empezamos muchos y acabaremos algunos menos con la ilusión intacta y la amistad como primer mandamiento, he aprendido que a veces menos es más, que hay abrazos que duran toda la vida, que confiar no es perder el control sino compartirlo, que llorar no siempre es malo y que ceder no es perder, que eso es madurar. Qué los pedestales no son buenos ni para el que mira, fascinado, desde abajo ni para el que está arriba encumbrado, que las caídas son muy duras y que las luces brillan poco más allá del traje al que te he conseguido aficionar, un poquito más cada día.

Porque nos hemos reído juntas. Porque nos hemos emborrachado juntas y hemos llorado juntas. Porque hemos compartido palabras y silencios, porque eres aire fresco en la ciudad; valiente, natural e independiente en un mundo de escaparates. Porque estas ahí cuando te lo pido y cuando no. Porque borrón y cuenta nueva significa punto y seguido, nunca final. Porque te debía un par de letras, un gracias de hermana a hermana. Porque quiero y porque puedo. Porque sí.

Gracias, Vir.

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Estado de sitio

Magistral la mirada de J.Pelegrín

Magistral la mirada de J.Pelegrín

No hay que ser especialmente observador para darse cuenta de que la fiesta de los toros pasa por un momento clave en su historia. La prohibición en Cataluña y el paso a Cultura, la ILP y sus dos vertientes -el G10 y la mesa del toro-; la desunión de los taurinos convertida en norma. A nadie extraña ya que Juli vaya por libre o las declaraciones, réplicas, acusaciones, murmullos y  contraréplicas, los dimes y diretes; Caín contra Abel, una vez más.

Esta permanente división de tirios y troyanos con aliño de crisis económica en un momento en el que está en auge el pensamiento animalista más radical y cargamos con la cruz de la caspa y con el desinterés de los medios hacen que el futuro de la fiesta sea, en el mejor de los casos, incierto.

Pero en este estado de sitio en el que se encuentra la fiesta también están surgiendo como islas amuralladas numerosos espacios jóvenes desde los que se lucha, se cuida, se protege y se difunde la tauromaquia. Asociaciones como el Foro de la Juventud Taurina y  Tendido Joven o empresas como Arte Taurino Tour permiten al aficionado refugiarse de la tempestad moralizadora -que no moral- y progre -que no progresista- y tienden puentes de cuerda a la espera de que baje la marea.

Sin embargo esto no es suficiente. No se puede vacíar el mar con las manos ni tapar el sol con cartulinas. No hay que ir contra el tiempo sino adaptarse a él. El paso a cultura no debería quedar ahí, como un diploma en la pared o una foto en los periódicos. Hay que abrir puertas y ventanas, hay que crear y construir; hay que llevar la Tauromaquia a las aulas y darla a conocer entre los jóvenes. Qué conozcan, qué miren, qué opinen y qué decidan. Hay que salir de la cueva porque dentro solo hay pasado y no futuro.

El futuro está en las universidades, en aulas, sí, pero también en pasillos y cafeterías. Qué se hable, pero no aunque sea mal. Y para eso hay que enseñar, bajar de los altares a camisa descubierta, dejarse de dogmas y doctrinas y simplemente enseñar.

Y por eso en el Ceu Cardenal Herrera, un par de locos de esto, intentamos poner en marcha un Aula de Tauromaquia pegando pases entre papeles, plazos, presupuestos y horarios, tocando puertas, visitando despachos, entre corbatas, gemelos y llamadas de teléfono, con mucha imaginación, mimo y buen humor.

Esperando a que llegue el invierno.