Pongamos que hablo de Madrid

Madrid, epicentro del mundo taurino, corazón de la fiesta, santo y seña del toreo, llave del triunfo, puerta de la gloria. Es la meta y es el fin. Es jugárselo todo a una carta, a una mano, a cara o cruz. A camisa descubierta, dando la cara, el pecho y hasta la vida. Es templar los miedos y contener los sueños, bordados al alma en seda y oro. O en azabache.

Es soledad en multitudes, la sangre corriendo en oleadas, golpeando en los oídos, un paseíllo que pesa con la responsabilidad que marca la historia. Madrid te lo da. Y te lo quita. Es furia y pasión, una amante exigente y un enemigo despiadado. Del amor al odio. Y luego otra vez amor. Porque surge por los poros, en caliente, sin más verdad que la del corazón.

Es el Madrid del puro y del clavel, del ruido del 7, de las tertulias infinitas y del aficionado cabal. Del cetro del toreo en la boca de riego, del toro en puntas, del oro de ley. De mordiscos sobre el albero, de frente, a cara descubierta. Donde los despachos eran consecuencia y no condición. Del tú contra mí. De Juan y José. De Ordóñez y Dominguín.

El Madrid que define temporada, del que vale, vale. El del reguero de cadáveres en el escalafón. El que no, fuera. El de la vergüenza torera sin tanta desvergüenza. El del pundonor sin ‘tejemanejes’. En el que cabía toda la verdad, el valor y el respeto a una profesión que es liturgia de la vida.

Madrid es un cruce de caminos, el fin y el principio, el faro, la guía, el centro de la piel de toro. Y si en Madrid no pasa nada. Es que pasa algo grave.

 

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