Volver a Sevilla

Por Marta Girona

Quien no ha pisado nunca Sevilla, no sabe lo que se siente al bajar en Santa Justa después de varios meses. Es un nudo en la boca del estómago y una sonrisa en los labios. Es una alegría que te sale de dentro, desde las tripas, en caliente. En Sevilla te cambia el paso y desaparece la prisa. En Sevilla el tiempo se consume lento, en alguna plaza escondida o en algún tablao minúsculo, entre risas, vino y cante. Y no te enteras. Porque hasta Cronos se para en Triana, junto al río, a escuchar una soleá.

En Sevilla, el tiempo, no es tiempo, son momentos. El reencuentro con los amigos de siempre; porque es más lo que nos une, que los kilómetros que nos separan. Abrazos, besos y brindis. Una copa, y otra. Qué a esta invito yo. Perderse por Santa Cruz –literalmente- y encontrar de repente, tras una esquina, a la Giralda, reina mora. Siglos de poetas a tus pies.

Sevilla es ciudad y marisma, magia y duende. De Triana a La Puebla y del Arenal a Utrera, sueño gitano en los vuelos de un capote.

Morante en majestad. Gloria a Rafaé, maestro y mentor, amigo y confidente; días, noches y desvelos. Humo, whisky y carreteras. El peso del oro. Un paso adelante.

Y la ramita de romero. Curro. Esencia, suave caricia, cante jondo. Camarón en los cielos, y Morante en la tierra, sagrada. Albero de sueños. Recuerdos de otro paseíllo, en otro tiempo. Del tiempo que no pasa.

Porque vive en Sevilla.

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