Cayetano, torero de verde luna

Por Marta Girona.

Cayetano. Nombre antiguo que sabe a dinastía. A toreo y a valor. A pureza y a compás. Al sur conquistando Madrid.

Lo susurro con reverencia, casi con temor y el eco me suena en la piedra vieja de la plaza de Ronda. Torero de verde luna, de mirada profunda y ojos claros al que Lorca hubiese dedicado ríos de tinta. Vuelan los versos al compás de los flashes. Pasado y presente. Sin duda futuro. Por elección y por derecho. Por la sangre que corre por sus venas, empapada con seda y albero; tinta de oro para una historia que se escribe cada tarde, a eso de las cinco.

Muñecas de terciopelo que agarran un capote como el que agarra un rosario. Con fuerza. Con pasión. Los nudillos blancos, las uñas arañando la tela. Las palmas acariciando el rosa, sintiendo la textura. La piel de gallina, los sentidos a flor de piel. La mirada perdida y encontrada. Clavada. En el pasado y en el presente. En dos ojos negros, chiquititos y fieros que se avecinan por chiqueros. En un Dios cinqueño, protagonista de su capilla. De sueños y pesadillas. Del todo o nada. Y le reza en bajito, despacio, paladeando cada palabra que no pronuncia, que se pierde en su garganta reseca, en sus labios agrietados. Esa oración secreta y antigua, legado familiar de algo que no se aprende ni se enseña; de algo con lo que se nace.

El capote y la muleta. Telas sagradas. Lances al viento sorteando al destino, a la muerte. Volviendo a la vida, bajando al Hades, embrujando a Perséfone, seduciendo a las musas prendadas de su mirada. Duendes eternos en el verde de sus ojos. De otro torero. De otro tiempo. Rivera. Desde el cielo de Barbate. En cada arrebato. Banderillas negras en el alma. Saeta y soleá. De luto y oro. Esculpiendo lo eterno sobre el instante. En el círculo del ruedo, que no tiene principio ni fin porque en él todo empieza y todo acaba. En la arena o albero, tierra sagrada. Como un templo. En polvo eres y en polvo te convertirás. Muerte y resurrección.

Se llama Cayetano y es de Ronda. Silencio en los tendidos.

La elegancia, la majestad, el genio. Ordóñez. Un apellido que es nombre y credo, biblia del toreo. Grabado a fuego, esculpido con sangre, cincelado a golpe de muñeca. Un apellido engarzado en la seda y el oro, entre los pitones. Susurrado despacio, saboreando cada sílaba; sentido.  Cantado por bulerías y fandangos. Y escondido. Escondido en los carteles pero presente. Siempre presente. Como una oración íntima y personal para el torero, que se presenta desnudo de pasado tratando de encontrar su futuro.

Pero todos los caminos llevan a Ronda. Al valle del Guadalevín. Al río Tajo. Al ruedo de piedra y al albero sagrado. A las cenizas del abuelo y a los recuerdos. Al silencio solemne y al ‘crujío’ de una guitarra rompiendo el alma. A la habitación en penumbra. A todos los miedos en uno. Al viento que huele a azahar y se lleva el verano. A la goyesca. A Septiembre.

A Ordóñez. A Rivera. A Cayetano.

Toreo por bulerías, soleás y sentencias para despedir La Monumental

“Vamos a mecerlo, como un paso de Palio”.“Despacito, como los flamencos ‘güenos’.Vámonos, al cielo con él”. “Vamos a enseñarles a caminar con sevillanía”. Morante de la Puebla se vio rodeado de decenas de improvisados capataces, de cuadrillas de costaleros, de fieles, que peleaban por tocarle, por llevarle, por sentirle. Las voces hirientes se tornaron palmas por bulerías. Pasaron de mandarlo a Sevilla “con su cofradía”; a formar parte de ella y traerle ‘La Madrugá’. El sino del artista. Las cosas del amor.

Y abriendo la comitiva, El Juli y Jose María Manzanares, también aclamados y rodeados por cientos de jóvenes -entre los que llevaban a los toreros, no había nadie mayor de 30 años- que gritaban, que pedían: “Libertad”. Y que viviendo en democracia, haya que reclamarla, es, cuanto menos, preocupante.

Fue la tarde del 24 de septiembre, día de La Mercé, para más señas, cuando los tres toreros entraron abrazados al hotel entre vivas y vítores. Cuando el esplendor del arte parecía nublar el final inminente.

“Morante no se ha fumado el último puro en la Monumental”, decía uno, con una sonrisa, convencido, emocionado. “Siete siglos de historia no van a acabar así, no puede ser”, replicaba otro más serio, triste, consciente de la situación.

“Qué me tenga que ir a Zaragoza o a Valencia a ver toros me parece una vergüenza. Esos a mí no me representan y yo también soy catalán”, destacaba serio Gabriel Fernández, abonado de la Monumental.

El esplendor del sábado contrastaba con el desánimo del domingo pese a que reaparecía el ídolo de Barcelona. El hijo pródigo volvía a casa tras su peregrinación, casi mística, en su resurreción. Pero era un día de luto. De llanto. De crucifixión. Las bulerías de la tarde pasada se tornaron soleás.

Y fue Serafín Marín, torero catalán, quien lidió el último toro de la Monumental. Fue otro homenaje, tan sincero como inútil. Así, fue un catalán el que asestó la última estocada a Dudalegre, como han sido los políticos catalanes los que se la han asestado a la Fiesta.

Como sinceras eran las lágrimas que surcaban su rostro cuando soltó las dos orejas y se arrodilló en el centro del ruedo, besando la arena. Despidiéndose. Porque a este adiós no lo maquilla un hasta luego.

La salida a hombros fue intensa, cargada de melancolía. Todas las Puertas Grandes en una. Joselito, Belmonte, Manolete, y tantas figuras que cruzaron ese umbral de gloria y toreo, transmutados en José Tomás, que escenificaba el luto; de negro y oro. Soleás y sentencias. Como los gitanos de la cava desgarrándose ante El Cachorro de Triana.

Y tras él, el silencio profundo y sentido. Se cerró por última vez la Puerta Grande. Se desalojaron los tendidos. Se apagaron las luces. Y la plaza quedó vacía y sola.

Y ahora solo queda el recuerdo de tardes de gloria y de fracaso. De toreo. De sueños y pesadillas. De Cayetano a porta gayola en el aniversario de la muerte de Paquirri. Del nudo en la garganta. De verónicas interminables. De emociones que ya no volverán. Porque como canta Sabina, lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le quedan dos puntos suspensivos.